Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/AIPS/ACORD

Mientras Colombia transita por una nueva campaña presidencial, el país parece atrapado en una especie de guerra de trincheras discursivas. Las propuestas han sido desplazadas por la confrontación; los argumentos, por los insultos; y las ideas de gobierno, por la construcción permanente de enemigos. En medio de ese escenario polarizado, donde los candidatos intercambian acusaciones y sus seguidores convierten las redes sociales en campos de batalla, surge una pregunta sencilla: ¿y el deporte qué?

Resulta sorprendente que, en una nación donde más del 60% de la población es menor de 40 años, donde el deporte constituye uno de los principales vehículos de movilidad social y donde miles de jóvenes encuentran en una cancha, un estadio o un coliseo una alternativa frente a la violencia, el narcotráfico y la exclusión, el tema deportivo permanezca prácticamente ausente del debate electoral.

La historia demuestra que los países que han entendido el valor estratégico del deporte han logrado mucho más que medallas. Han construido ciudadanía. Desde la antigua Grecia, donde la actividad física formaba parte esencial de la formación del individuo, hasta las políticas deportivas de países como Australia, España o Reino Unido, el deporte ha sido concebido como una herramienta de salud pública, cohesión social, desarrollo económico y fortalecimiento de la identidad nacional.

Colombia no es ajena a esa realidad. Los mayores momentos de unidad nacional en las últimas décadas han estado ligados precisamente al deporte. La clasificación al Mundial de 1990; las victorias de ciclistas como Nairo Quintana y Egan Bernal; los triunfos olímpicos de Mariana Pajón, Caterine Ibargüen y Óscar Figueroa; o las gestas de la Selección Colombia han logrado algo que rara vez consiguen los discursos políticos: unir al país alrededor de una misma emoción.

Sin embargo, cuando se revisan los programas de gobierno y las intervenciones públicas de quienes aspiran a dirigir la nación, el deporte aparece relegado a un papel secundario, casi decorativo. No existe una discusión seria sobre infraestructura deportiva, profesionalización de entrenadores, fortalecimiento de ligas departamentales, sostenibilidad financiera de los clubes, masificación de la actividad física o articulación entre deporte y educación.

La situación es aún más preocupante en la Costa Caribe colombiana.

La región ha sido históricamente una de las mayores fábricas de talento deportivo del país. Cartagena, Barranquilla, Montería, Sincelejo, Valledupar y Santa Marta han producido figuras de talla internacional en disciplinas como el béisbol, el boxeo, el atletismo, el fútbol, el sóftbol y el voleibol. Sin embargo, gran parte de ese talento ha surgido más por esfuerzo individual y sacrificio familiar que por una política pública estructurada.

El Caribe colombiano le ha entregado al país campeones mundiales de boxeo, grandes ligas de béisbol, futbolistas de selección nacional y atletas olímpicos. Pero todavía existen municipios donde los jóvenes entrenan en escenarios deteriorados, ligas deportivas que sobreviven con presupuestos insuficientes y procesos formativos que dependen de la voluntad de dirigentes y entrenadores que muchas veces trabajan más por vocación que por condiciones dignas.

El deporte no puede seguir siendo visto únicamente como entretenimiento o espectáculo. También es seguridad ciudadana. Cada joven que permanece en una escuela deportiva es un joven menos expuesto a las economías ilegales. Es salud pública. Cada peso invertido en actividad física reduce costos futuros en enfermedades crónicas. Es educación. Está demostrado que los estudiantes vinculados a programas deportivos presentan mejores índices de permanencia escolar. Y también es economía, pues genera empleo, turismo, comercio y oportunidades de emprendimiento.

Por ello preocupa que los candidatos hablen de economía, seguridad, reforma institucional o relaciones internacionales, pero omitan explicar cuál será su visión integral para el deporte colombiano durante los próximos cuatro años.