Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
Hay días que parecen comunes hasta que el tiempo, muchos años después, nos revela que en realidad estaban ligados por el destino. Días en los que dos historias desconocidas entre sí terminan encontrándose en un mismo escenario: una sobre el terreno de juego y otra detrás de un micrófono; una escrita con una pelota de 108 costuras marca Spalding y la otra con un micrófono marca AKG, que apenas comenzaba a buscar un espacio en la radio de Cartagena de Indias.
Esa tarde del 12 de julio de 1975, en el estadio 11 de Noviembre, Reynaldo Contreras lanzó 22 entradas en un partido entre LESA y Águila, protagonizando una de las gestas más extraordinarias del béisbol colombiano. Pero mientras el brazo de Reynaldo desafiaba el cansancio y se negaba a abandonar el montículo, desde algún lugar de las graderías otra historia comenzaba a caminar: Luis Alberto Payares Villa, un joven llegado de Lorica, se sentaba frente a un micrófono para narrar el juego que marcaría el comienzo de su carrera como locutor deportivo.

Ninguno de los dos sabía que estaba ayudando a nacer al otro.
Reynaldo solamente quería sacar bateadores. Luis Alberto solamente buscaba una oportunidad. Ninguno podía imaginar que aquellas 22 entradas terminarían atando sus nombres para siempre a la historia del béisbol de Cartagena.
Hacía pocos años que Luis Alberto había llegado procedente de Lorica y Montería. Julio Pinedo Bruges lo había traído desde Córdoba alrededor de cinco años antes, convencido de que aquel muchacho delgado, soñador y dueño de una voz particular tenía condiciones para abrirse paso en la radio.
Pero Cartagena nunca ha sido una ciudad fácil para quien llega buscando un lugar. Es una ciudad hermosa para mirarla desde lejos, pero muchas veces dura para quien intenta abrirse camino dentro de ella. Aquí, con demasiada frecuencia, el talento tiene que pedir permiso para existir. Al que intenta ascender le aparecen obstáculos, señalamientos y puertas cerradas. Pareciera que algunos se sienten más cómodos viendo fracasar al otro que acompañándolo a crecer. Luis Alberto conoció muy pronto esa realidad.
En distintos momentos pensó en regresar a Lorica. La nostalgia lo perseguía por las calles de Cartagena. Extrañaba los sonidos de la tierra donde lo llamaban “El Pupy”, la cercanía de la gente y esa familiaridad que se pierde cuando uno llega a una ciudad donde todavía nadie conoce su nombre. Lo primero que le sentenció Julio Pinedo fue: “Olvídate de eso del Pupy… Aquí eres Luis Alberto Payares Villa”.

Sin embargo, había algo que no lo dejaba devolverse: su sueño de convertirse en locutor.
Ese sueño lo perseguía a todas partes. Caminaba con él, dormía a su lado y se despertaba antes que él. Y cuando se trataba de béisbol, el deporte de sus amores, aquella ilusión tomaba una fuerza distinta. Ya había narrado algunos partidos en Lorica e incluso en Montería, pero sabía que abrirse un espacio en Cartagena era otra cosa.
Aquí estaba el estadio 11 de Noviembre, uno de los grandes templos de la pelota caliente. Aquí se reunían jugadores, dirigentes, periodistas y aficionados que conocían el juego y podían descubrir, en pocas palabras, si un narrador tenía béisbol en la sangre o solamente una voz agradable.
Aquella mañana del sábado 12 de julio de 1975, Luis Alberto se levantó temprano. No sabía que tenía una cita con la historia, pero la vida ya le había preparado el escenario.
El partido entre LESA y Águila debía comenzar alrededor del mediodía. El estadio no contaba con iluminación artificial y, por tanto, los juegos tenían que comenzar temprano para evitar que la noche sorprendiera a los peloteros sobre el terreno.
Su padre le había recomendado que saliera con suficiente anticipación.
—Llega temprano, porque ese estadio se va a llenar.
Luis Alberto acató el consejo. Antes de salir revisó sus zapatos Betar, que ya habían acompañado demasiados pasos y demasiadas necesidades. Las suelas estaban tan gastadas que podía sentir el calor del pavimento. En aquella Cartagena ardiente, caminar al mediodía era casi avanzar sobre brasas.
La pobreza también tiene sus propias formas de enseñar resistencia.

Luis Alberto tomó un pedazo de cartón y lo metió dentro de los zapatos. Era una protección humilde contra el pavimento hirviendo. Aquel cartón fue su primera alfombra hacia la gloria, aunque nadie pudiera verlo. No tenía un vehículo que lo transportara, tampoco zapatos nuevos ni un contrato que le garantizara el futuro. Tenía una voz, un sueño y la decisión de llegar temprano.
Caminó cerca de dos kilómetros desde el sector del SENA hasta el estadio 11 de Noviembre. Cada paso acercaba a aquel joven turbaquero, que vivió sus años rurales en Lorica, a un destino que todavía desconocía. El sol golpeaba el pavimento, el cartón intentaba contener el calor y los zapatos, gastados en sus suelas, seguían llevando un sueño intacto por dentro.
Cuando llegó al estadio, el ambiente ya comenzaba a transformarse.
Las filas crecían y la gente llegaba a borbotones. Los aficionados aparecían desde diferentes sectores de Cartagena, algunos caminando, otros en buses y muchos con sus radios de pilas bajo el brazo, esos radios marca SANYO, que eran los acompañantes de los aficionados de la época. Las graderías empezaron a llenarse con suficiente anticipación. Era otra época.
El béisbol no competía contra teléfonos celulares, plataformas digitales ni centenares de canales de televisión. La gente iba al estadio porque allí encontraba una parte de su vida. Los partidos eran lugares de encuentro, escenarios de discusión y pequeños territorios donde la ciudad olvidaba por unas horas sus dificultades.

El béisbol se conversaba en las esquinas, se discutía en las tiendas y se llevaba a la mesa. Cada aficionado creía tener alma de mánager. Se hablaba de alineaciones, lanzadores, jugadas y decisiones arbitrales con la misma pasión con la que se discutían los asuntos de la ciudad.
Luis Alberto llegó temprano, como siempre lo hizo a lo largo de su vida. Porque, antes que la voz, su principal carta de presentación fue la disciplina: bien vestido, perfumado y con la elegancia que lo caracterizó durante toda su trayectoria profesional.
El locutor que debía realizar la transmisión no apareció. Pasaron los minutos y la cabina seguía esperando una voz. Entonces el director de la emisora miró hacia aquel muchacho recién llegado, que todavía no tenía un puesto ganado, y tomó una decisión aparentemente sencilla:

—Payares, narre usted para que se vaya metiendo en el béisbol.
Aquella frase abrió una puerta.
No le entregaron la mejor cabina ni un lugar privilegiado. Le tocó transmitir desde las graderías, entre el ruido de los aficionados, el sol, los vendedores y las interrupciones propias de un estadio lleno. Apenas comenzaba y sabía que debía ganarse cada centímetro.
En la radio, como en el béisbol, nadie regala un lugar en el “lineup”.
Luis Alberto se acomodó donde pudo. Organizó sus papeles, miró el terreno, tomó aire y se acercó al micrófono. Posiblemente sintió nervios, aunque los grandes narradores aprenden a esconderlos detrás de la primera palabra.
Mientras Luis Alberto se preparaba para narrar, Reynaldo Contreras vivía una mañana completamente distinta.
Reynaldo ni siquiera estaba anunciado para abrir el partido por LESA. A primera hora se encontraba jugando bolita de caucho, entretenido como cualquier joven de su edad, hasta que su padre llegó a recordarle que tenía juego.
—Hombre, Rey, vete para el estadio. Deja eso que estás jugando ahí.
Su padre le llevó el maletín. Reynaldo tomó un camino entre el monte, pasó por el sector donde quedaba el colegio Joaquín F. Vélez y siguió hacia el estadio. Tampoco llegó en un vehículo especial ni rodeado de cámaras. Llegó como llegaban los peloteros de entonces: con el uniforme guardado, las ganas intactas y la incertidumbre de no saber si jugarían.
El lanzador anunciado era Ricardo Macea, pero se encontraba vinculado a la preselección Colombia y no apareció a tiempo. Cuando el mediodía se acercaba, Rafael Cuesta, mánager de LESA, miró hacia Reynaldo y le dio la pelota.
—Rey, calienta, que tú vas a lanzar.
El muchacho obedeció.
De ese modo, casi sin aviso, comenzaron simultáneamente las dos historias. A Reynaldo le entregaron una pelota que inicialmente no le pertenecía. A Luis Alberto le entregaron un micrófono que estaba destinado para otro locutor.
El destino había dejado dos puestos vacíos. Ambos tuvieron el valor de ocuparlos.
A las doce del mediodía comenzó el partido. El sol cayó sobre el estadio con la furia habitual de Cartagena en un mes de julio. En aquel entonces, la ciudad tenía otro clima, pero el calor era casi el mismo. Los jugadores sintieron las brasas debajo de los spikes; Luis Alberto, desde las graderías, también podía sentirlo atravesando el cartón que había colocado dentro de sus zapatos.
Reynaldo hizo sus primeros lanzamientos.
Luis Alberto pronunció sus primeras palabras.
Una pelota comenzó a volar hacia el plato y una voz empezó a viajar por las ondas hertzianas de la radio, en la ciudad de Cartagena y el departamento de Bolívar. El brazo y la palabra quedaron unidos desde ese instante, aunque ninguno de los dos protagonistas fuera consciente de ello.
Reynaldo retiró la primera entrada. Después trabajó la segunda, la tercera y la cuarta. El juego avanzaba cerrado y los bateadores del Águila no conseguían quebrarlo. Cada episodio parecía acercar el partido a su final, pero la definición nunca llegaba.
Se completaron las nueve entradas reglamentarias.
El partido continuó.
Llegó la décima entrada y Reynaldo regresó al montículo. También lanzó la undécima, la duodécima y la decimotercera. El juego comenzó a abandonar los terrenos de lo ordinario para entrar en ese territorio reservado a las gestas.
Luis Alberto tenía que seguir narrando.
Aquel partido que debía servirle para “irse metiendo” en el béisbol terminó convirtiéndose en una prueba de resistencia, conocimiento e imaginación. No era fácil mantener despierta la atención de los oyentes durante tantas horas. Había que describir cada jugada, explicar el momento y encontrar palabras nuevas para una historia que se negaba a concluir.
Mientras Reynaldo buscaba recursos en su brazo, Luis Alberto los buscaba en su voz, en su dialéctica, aprendida sentado en la Plaza de Santa Cruz de Lorica, leyendo un diccionario de sinónimos regalado por Juan Gossaín.
Uno cambiaba velocidades, localizaciones y movimientos para dominar a los bateadores. El otro cambiaba tonos, expresiones y silencios para llevarles el partido a quienes no estaban en el estadio. Cada uno enfrentaba su propio desafío: Reynaldo contra la fatiga física; Luis Alberto contra el desgaste de narrar un juego que parecía no tener final. El único combustible era el recipiente con miel de abejas y limón que se tenía, para darle combustible a su garganta.
Detrás del plato estaba Isidro García, receptor de LESA y compañero inseparable de aquella jornada. Recibió durante las 22 entradas, se agachó cientos de veces, bloqueó lanzamientos, devolvió cada pelota y realizó los tiros defensivos que exigía el partido.
Reynaldo diría años después, en tono de broma, que Isidro lanzó más que él. Si se sumaban las devoluciones al montículo, los tiros a las bases y las acciones propias del receptor, la afirmación no parecía exagerada.
En el Águila también hubo brazos valientes. Justo Herrera inició el encuentro y, posteriormente, Manuel Alcalá asumió una gran parte del trabajo. Alcalá lanzó alrededor de 14 episodios, construyendo del otro lado un muro que impedía resolver el partido.
La historia suele concentrarse en quien alcanza la cifra mayor, pero aquel juego necesitó la resistencia de muchos hombres. Para que Reynaldo llegara hasta 22 entradas, Águila tuvo que negarse a perder y LESA tuvo que resistir sin poder resolver.
El encuentro fue una cuerda tensada durante horas. Nadie soltaba. Nadie quería caer.
Entre las anécdotas apareció la de Jaime Castillo Pinto, quien agotó ocho turnos al bate y en todos conectó rodados hacia la tercera base. Ocho veces caminó hacia el plato y ocho veces la pelota tomó el mismo camino. Parecía que entre su bate y la tercera almohadilla existía una calle trazada por el capricho del béisbol.
También estuvo presente el árbitro Francisco Miranda, hombre de decisiones firmes y temperamento polémico. En medio de la tensión expulsó a Rafael Cuesta, quien ejercía como mánager y jugador de LESA. Miranda quedó ligado a un partido en el que casi todos terminaron protagonizando alguna historia.
Los innings continuaron avanzando.
Cuando Reynaldo llegó al episodio 19, el juego fue detenido momentáneamente. Había igualado una marca establecida por René Morelos en Barranquilla. Los aficionados comenzaron a comprender que aquella tarde ya no estaban observando solamente un partido entre Águila y LESA.
Estaban viendo nacer un récord.
Luis Alberto tuvo que ponerle palabras a ese momento. Su voz anunció la hazaña, explicó la dimensión de la marca y acompañó a los oyentes mientras Reynaldo se preparaba para continuar.
Llegó la entrada 20. Luego, la 21.
El partido volvió a detenerse cuando Contreras empató otra referencia del béisbol profesional colombiano. Pero el joven lanzador todavía tenía fuerza.
Salió para la entrada 22.

A esas alturas la tarde había comenzado a envejecer. El sol, que horas antes castigaba el terreno, descendía lentamente detrás del estadio. Las sombras se extendían sobre el diamante y los jugadores cargaban en sus cuerpos el peso de más de seis horas de juego.
El cansancio se veía en las piernas, en los movimientos y en los uniformes empapados. Pero Reynaldo seguía lanzando. Su brazo no había pedido auxilio. Su corazón tampoco.
Realizó aproximadamente 235 lanzamientos.
Hoy esa cifra parece surgida de una leyenda. En el béisbol moderno, un abridor suele abandonar el encuentro después de 90 o 100 envíos. Reynaldo hizo más del doble y completó el equivalente al trabajo de varios lanzadores.
Durante todo ese tiempo, Luis Alberto continuó narrando desde las graderías. Sin una cabina cómoda, con sus zapatos remendados por dentro y rodeado del bullicio de los aficionados, sostuvo la transmisión del partido que terminaría cambiándole la vida.
La oscuridad comenzó a cubrir el estadio. No había iluminación artificial y la pelota se hacía cada vez más difícil de observar. El árbitro decidió detener el encuentro aproximadamente a las seis y cuarto de la tarde.
Reynaldo no salió porque estuviera derrotado.
No lo relevó su mánager.
No lo venció un bateador.
No se rindió su brazo.
Lo sacó la noche.
—Si hubiera habido luz, ese partido llegaba a 25 o a 30 entradas —recordaría muchos años después.
Y posiblemente habría seguido lanzando, porque en aquel momento parecía existir un pacto secreto entre la pelota y su mano. Mientras pudiera verla, Reynaldo estaba dispuesto a continuar.
Con el último out también terminó una de las transmisiones más extensas y exigentes que podía enfrentar un locutor que apenas comenzaba a abrirse paso en Cartagena. Luis Alberto había llegado como reemplazo circunstancial y salió del estadio convertido en una voz que ya había demostrado su capacidad.
La oportunidad llegó por la ausencia de otro hombre, pero se quedó por su talento.
Ese juego fue para ambos una puerta. Para Reynaldo, la puerta hacia una marca que todavía reclama reconocimiento. Para Luis Alberto, la entrada definitiva a una relación con el béisbol que trascendió el tiempo, los estadios y las generaciones.
Reynaldo siguió creciendo como lanzador. Alcanzó velocidades de 91, 92 y 93 millas por hora, llegando en su mejor momento a las 96. Su talento llamó la atención de los Piratas de Pittsburgh y firmó un contrato con la organización.
Representó a Colombia en dos campeonatos mundiales y en Japón ganó encuentros frente a Canadá e Italia. Más adelante trabajó como entrenador de lanzadores con selecciones de Bolívar, Atlántico y Bogotá.
Luis Alberto, por su parte, convirtió el micrófono en una prolongación de su vida.
La voz que aquel día comenzó a buscar un lugar desde las graderías terminó ocupando un espacio en la memoria popular. Con el paso de los años aparecieron expresiones que atravesaron las fronteras de la transmisión deportiva y se instalaron en la conversación cotidiana de la gente.
“Hizo el pentágono trizas”.
“Masticó la esférica”.
“Swing completo con todos los hierros”.

No eran frases construidas en un escritorio. Nacían del juego, del instante y de la emoción. Tenían el olor de la grama, el polvo del terreno y el sonido seco del bate golpeando la pelota. Eran imágenes dichas con palabras: el pentágono partido en dos por un lanzamiento que llegaba con mucha velocidad al plato; la pelota bateada apenas de soslayo, que quedaba detrás del cátcher; el bateador que giraba con toda su fuerza y entregaba el cuerpo completo en el swing.
La radio de entonces tenía un poder difícil de comprender para las nuevas generaciones. No solo informaba: también educaba, entretenía, creaba costumbres y fabricaba lenguajes. Las expresiones de un locutor podían salir de la cabina, recorrer los barrios y terminar pronunciadas por niños que jugaban pelota en las calles.
El narrador era los ojos del oyente. Si decía que la pelota viajaba como un relámpago, la gente veía el relámpago. Si describía un batazo como un cañonazo, el barrio entero escuchaba la explosión. El sonido tenía colores y la voz dibujaba el estadio dentro de cada casa. Así fue creciendo Luis Alberto Payares Villa.
El joven que caminó desde el SENA con un pedazo de cartón dentro de los zapatos encontró en la radio un lugar para permanecer. Tuvo que superar obstáculos, resistir incomprensiones y abrirse paso en una ciudad que no siempre reconoce a tiempo a sus talentos.
Pero su voz pudo más.
Pudo más que los zapatos gastados, más que el calor del pavimento, más que la nostalgia de Lorica y más que quienes alguna vez intentaron cerrarle el camino. Aquella voz, nacida humildemente desde las graderías, terminó instalándose en el estadio 11 de Noviembre y en el corazón de quienes amaban el béisbol.
Lo doloroso es que el récord de Reynaldo Contreras continúa sin el reconocimiento que merece. Durante un tiempo existió en el estadio una referencia a aquella hazaña, pero fue borrada. Nadie ha explicado claramente quién tomó esa decisión ni por qué se permitió que desapareciera una parte de la memoria deportiva de Cartagena.
Contreras ha adelantado gestiones para buscar el reconocimiento de Guinness World Records. Para completar el proceso necesita reunir la hoja de anotación, testimonios, firmas y documentos que certifiquen oficialmente lo sucedido. Mientras el trámite no sea aprobado, no puede hablarse formalmente de un récord Guinness.
Cartagena no debería esperar que una organización extranjera le explique el valor de su propia historia. El estadio 11 de Noviembre tendría que exhibir una placa con la fecha, los equipos, la planilla y los nombres de quienes protagonizaron aquella jornada.
Reynaldo tiene razón cuando dice que los homenajes deben hacerse en vida. No cuando el deportista ha muerto y ya no puede escuchar los aplausos ni observar su nombre grabado en una pared.
Durante demasiado tiempo hemos permitido que nuestras glorias envejezcan en el olvido. Después, cuando se marchan, aparecen discursos, minutos de silencio y placas que llegan cuando ya nadie puede agradecerlas.
Reynaldo todavía está aquí.
Puede contar el partido entrada por entrada. Recuerda a los jugadores, al árbitro, al receptor, a los lanzadores contrarios y las jugadas más importantes. Su memoria sigue siendo una planilla viva.
Luis Alberto ya no puede contarme personalmente lo que sintió aquel día. Sin embargo, su voz quedó sembrada en quienes lo escucharon y, especialmente, en nosotros, sus hijos. Cada vez que alguien repite una de sus frases, posiblemente sin conocer su origen, una parte de él vuelve a entrar al estadio.
Uno quisiera regresar a aquella mañana y verlo preparar sus papeles. Quisiera observarlo colocando el cartón dentro de los zapatos, acompañarlo durante aquellos dos kilómetros y decirle que no se devolviera, que resistiera un poco más, porque la ciudad que en ese momento parecía extraña terminaría escuchando su voz durante muchos años.
Quisiera verlo sentado en las graderías, sosteniendo el micrófono entre las manos, mientras Reynaldo lanzaba una entrada tras otra. Quisiera decirle que ese juego interminable también estaba lanzando a su favor; que cada episodio adicional le regalaba más tiempo al aire y cada lanzamiento de Contreras le permitía demostrar que estaba preparado.
Reynaldo no podía imaginarlo.
Mientras buscaba dominar a los bateadores del Águila, nunca pensó que estaba ayudando a realizar el sueño de un hombre. Cada entrada lanzada era una página que Luis Alberto podía narrar; cada out representaba un minuto más para que aquella voz desconocida comenzara a quedarse en la memoria de los oyentes.
Quizás allí se encuentra la parte más hermosa de esta historia: muchas veces ayudamos a construir los sueños de otras personas sin darnos cuenta.

