Las voces de varios scouts que han seguido de cerca el Campeonato Nacional de Béisbol U18, que se disputa en Montería, coinciden en una apreciación que nos preocupa: el nivel competitivo está por debajo de lo que debería ofrecer una categoría decisiva para el futuro de nuestros peloteros. No se trata de desmeritar el esfuerzo de los jóvenes ni el trabajo de sus entrenadores, sino de examinar un modelo que parece en pleno siglo XXI ser obsoleto.
Una muestra de esa desigualdad es la presencia de numerosos jugadores nacidos y formados en Bolívar reforzando selecciones como Antioquia, Valle y otras delegaciones. Esto, por una parte, confirma la enorme capacidad de Bolívar para producir talento; pero, por otra, evidencia las dificultades estructurales de algunas regiones para desarrollar suficientes jugadores propios y presentar equipos verdaderamente competitivos.
¿Estamos realizando un campeonato nacional o simplemente completando nóminas para cumplir con un calendario?
En pleno siglo XXI, un torneo U18 no puede limitarse a reunir selecciones departamentales, entregar medallas y regresar a casa. A esta edad, el béisbol debe convertirse en una plataforma de desarrollo, evaluación y proyección. Cada jugador debería terminar el certamen con información precisa sobre su rendimiento, sus fortalezas y los aspectos que necesita mejorar.
El problema va mucho más allá. En el mercado internacional, los prospectos latinoamericanos pueden firmar con organizaciones de Grandes Ligas desde los 16 años, siempre que cumplan las condiciones de elegibilidad. Eso significa que, cuando un jugador colombiano llega a los 18, muchos de sus competidores de República Dominicana, Venezuela o Centroamérica ya acumulan uno o dos años dentro de academias profesionales. MLB mantiene un periodo internacional de firmas con requisitos específicos de edad y registro.
Por esa razón, no es correcto organizar un torneo U18 con la misma lógica utilizada en categorías infantiles. A los 18 años, el jugador se encuentra en una etapa de definición: algunos están listos para el profesionalismo; otros necesitan continuar su formación mediante la universidad, las ligas organizadas o programas especiales de desarrollo, y también existen jóvenes que requieren una segunda oportunidad después de no haber sido firmados inicialmente. Ninguno debería ser estigmatizado como “desechado”, pero todos deben competir dentro de escenarios acordes con su nivel y momento deportivo.
Estados Unidos entendió hace tiempo que los torneos juveniles deben ser algo más que campeonatos. MLB y USA Baseball crearon el Prospect Development Pipeline, un sistema que evalúa gratuitamente aspectos físicos, técnicos y cognitivos. Los resultados son compartidos con las 30 organizaciones de Grandes Ligas y cada jugador recibe un informe personalizado para orientar su mejoramiento. El programa mide rendimiento atlético, capacidad de procesamiento y talento dentro del terreno.
La PDP League estadounidense reunió, en una de sus ediciones, cerca de 80 de los mejores jugadores de secundaria. No solamente disputaron partidos: participaron en entrenamientos, evaluaciones tecnológicas y procesos de seguimiento individual. El torneo sirvió, además, como filtro para integrar la selección nacional U18. El modelo combina competencia, tecnología, formación y exposición ante los scouts.
Incluso la República Dominicana, principal fábrica de talento latinoamericano, ha desarrollado ligas dirigidas a prospectos próximos a firmar y a jugadores de mayor edad que todavía buscan una oportunidad. La lógica es sencilla: el talento tardío también existe, pero necesita competencia exigente, visibilidad y seguimiento, no solamente partidos aislados. MLB impulsó allí una liga que incluyó tanto a prospectos próximos a ser elegibles como a jóvenes mayores todavía disponibles.
Colombia debería avanzar hacia un modelo similar. El Campeonato Nacional U18 podría conservar su identidad territorial, pero debe incorporar una segunda fase de alto rendimiento. Después del torneo departamental, los mejores peloteros deberían ser seleccionados mediante un draft técnico para conformar cuatro o seis equipos equilibrados, sin importar su lugar de origen. Así se evitarían selecciones demasiado fuertes frente a otras armadas únicamente para participar.
Ese nuevo formato tendría que incluir evaluaciones obligatorias: velocidad de salida de la pelota, tiempo de reacción, fuerza del brazo, velocidad en las 60 yardas, control y repertorio de los lanzadores, porcentaje de strikes, rotación de la pelota, calidad defensiva y disciplina en el plato. No se trataría de reemplazar el ojo experimentado del scout, sino de acompañarlo con datos verificables.
También debería establecerse un número mínimo de apariciones para los jugadores, límites de lanzamientos para proteger los brazos, rotaciones obligatorias, uso de bate de madera y entrega de reportes individuales. La reglamentación europea, por ejemplo, exige bate de madera en su principal Campeonato Europeo U18, acercando la competencia a las condiciones del béisbol de mayor nivel. Las regulaciones de WBSC Europe reservan el bate de madera para su máxima división U18.
El campeonato nacional podría complementarse con un showcase, un juego de estrellas, pruebas por posiciones, competencias de poder y velocidad, encuentros transmitidos por plataformas digitales y una base nacional de estadísticas y videos accesible para scouts, universidades y organizaciones profesionales. Los mejores jugadores deberían integrar una selección de desarrollo que dispute partidos contra academias, clubes profesionales y equipos universitarios.
La propia Copa Mundial U18 demuestra que en esta categoría ya se compite con estructuras de alto rendimiento: su formato tradicional reúne 12 selecciones divididas en dos grupos de seis, con rondas clasificatorias y una fase final entre las mejores. La WBSC utiliza un sistema que garantiza varios partidos de exigencia antes de definir las medallas.
Colombia no puede seguir midiendo el éxito de un torneo juvenil solamente por el cumplimiento del calendario, la cantidad de delegaciones participantes o el nombre del campeón. El verdadero resultado debe medirse por cuántos jugadores mejoraron, cuántos fueron identificados, cuántos encontraron una ruta universitaria o profesional y cuántos permanecieron dentro del sistema.
Bolívar puede sentirse orgulloso de que su talento sea solicitado por otros departamentos, pero esa realidad también debe conducir a una reflexión nacional. Si varias selecciones dependen constantemente de jugadores bolivarenses para completar o fortalecer sus nóminas, entonces el problema no está en Bolívar: está en un sistema que no produce desarrollo equilibrado en todo el territorio.
El campeonato U18 debe dejar de ser la estación final para convertirse en un nuevo punto de partida. A esa edad, el joven no necesita únicamente un uniforme, unos cuantos juegos y una medalla: necesita competencia de calidad, orientación técnica, estadísticas confiables, exposición y una ruta para continuar.
Modernizar estos torneos no significa abandonar la tradición. Significa salvarla. Porque el béisbol colombiano no puede seguir jugando con las reglas organizativas del siglo pasado mientras sus rivales entrenan, miden, analizan y proyectan a sus talentos con las herramientas del futuro.

