Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
Los caminos de la muerte son impredecibles. Nadie conoce sus atajos ni sabe en cuál esquina nos aguarda su silencio. La muerte no pregunta, no anuncia su llegada ni acepta reclamos; simplemente aparece, apaga una voz y nos obliga a recoger los recuerdos que quedan dispersos sobre la mesa de la vida. Ante ella solo nos corresponde asumir su mandato con estoicismo, templanza y esa resignación amarga que jamás alcanza a calmar completamente el dolor.
En estos días, Cartagena ha visto partir a dos hombres que recorrieron caminos distintos, pero que estuvieron unidos por una misma fuerza: la necesidad de levantarse, trabajar y abrirse paso en una ciudad donde los sueños casi siempre tienen que pelear contra la corriente. También los unía la pasión por el béisbol y el boxeo.
Al señor Nabil lo conocí durante mi permanencia como estudiante en la fría Bogotá. Un día, mi padre me pidió que lo visitara porque tenía un negocio de publicidad en los carros de mercado de las supertiendas Carulla. Mientras Bogotá me congelaba los huesos, aquel encuentro me acercó nuevamente al calor de Cartagena, porque Nabil llevaba la ciudad metida en la voz, en sus proyectos y hasta en su manera de imaginar el futuro.
Era un hombre creativo, inquieto y emprendedor. De esos que no esperan que las puertas se abran, sino que aprenden a fabricarlas con sus propias manos. Su terquedad —esa terquedad necesaria de los hombres que creen— lo llevó a crear un canal de televisión en una ciudad donde hacer empresa es difícil y sostener un medio de comunicación puede parecerse a navegar de noche, sin brújula y con el viento golpeando de frente.
Así nació y creció Canal Cartagena, una empresa que con el paso del tiempo supo transformarse y adaptarse a las nuevas tecnologías. Por sus cámaras desfilaron periodistas, camarógrafos, presentadores y jóvenes soñadores que encontraron allí una escuela. Muchos aprendieron a contar la ciudad desde sus calles, sus barrios, sus alegrías y sus dolores. Por eso, cuando se apaga la vida de Nabil, no se apaga solamente la existencia de un empresario: queda encendida la pantalla de todo lo que construyó.
Fue también un apasionado del béisbol y un cartagenero de cuerpo entero. Quiso a esta ciudad con sus virtudes y sus heridas, y la defendió a capa y espada, como se defienden la casa, la familia y los recuerdos de la infancia.
A Harrison, en cambio, lo conocí por esos avatares del destino que siempre terminaban llevándome hasta los caminos recorridos por mi padre. Él se dedicaba a observar y probar nuevos talentos del béisbol y boxeo, y Harrison fue uno de aquellos muchachos que llegaron cargados de ilusiones. Su padre, el recordado “Indio” Hernández, habló con Walberto para que le diera una oportunidad.
Harrison amaba el béisbol y el boxeo. Creo que también alcanzó a practicar este último durante su juventud. Tal vez porque, desde muy temprano, la vida lo obligó a convertirse en boxeador. En las faldas de La Popa, donde vivía, no peleaba por cinturones ni por aplausos. Tenía que lanzarle buenos golpes a la pobreza, esquivar las carencias y mantenerse de pie cuando la necesidad intentaba mandarlo contra las cuerdas.
Una vez me contó que, junto con sus hermanos, debía cargar desde abajo enormes galones de agua porque en su casa no llegaba el preciado líquido. Mientras otros jóvenes cargaban sueños livianos, Harrison subía aquellas lomas con el peso del agua sobre los hombros. Quizás allí comenzó a forjarse su carácter; en cada subida, en cada gota derramada y en cada paso dado contra el cansancio.
Con esa pujanza y con el enorme cariño que sentía por mi padre, fui conociendo a un hombre trabajador, decente, respetuoso y profundamente agradecido. Harrison era una hormiga para el trabajo: avanzaba en silencio, cargando pesos que muchas veces eran superiores a sus fuerzas. Nunca lo escuché quejarse. No hizo de sus necesidades una bandera ni de sus dificultades una excusa. Trabajó hasta abrirse camino y logró escapar de la pobreza sin renegar jamás de la montaña que le tocó subir.
Nabil construyó una ventana para que Cartagena pudiera verse y contarse. Harrison cargó agua por las laderas de La Popa hasta aprender a cargar también con el peso de la vida. Uno se enfrentó a las dificultades de hacer empresa; el otro combatió desde niño contra las carencias. Ambos entendieron que vivir era resistir y que los sueños no llegan solos: hay que perseguirlos con las manos endurecidas por el trabajo.
Al final, los dos enfrentaron el último tramo con carácter y estoicismo. La enfermedad puso a prueba sus fuerzas, pero no consiguió arrebatarles la dignidad. Se fueron dejando una estela de afectos, enseñanzas y gratitud.
Hoy Cartagena parece un poco más sola. En algún rincón de la ciudad quedó una cámara encendida esperando a Nabil, mientras en las faldas de La Popa todavía parece escucharse el paso firme de Harrison subiendo con sus galones de agua. Quizás la muerte logró detener sus cuerpos, pero no pudo borrar las huellas que dejaron.
Nabil y Harrison se marcharon por el mismo sendero misterioso por donde algún día tendremos que caminar todos. Sin embargo, no se fueron completamente. Los hombres buenos nunca terminan de irse: permanecen en las obras que levantaron, en las batallas que libraron, en las personas que ayudaron y en los recuerdos de quienes tuvimos la fortuna de encontrarlos en el camino.
Aquí queda Cartagena, su ciudad, mirando cómo dos de sus hijos se alejan hacia el horizonte, mientras el cielo abre sus puertas y la memoria se niega a decirles adiós. PAZ EN SUS TUMBAS.

