Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/ACORD/AIPS

El regionalismo exacerbado sigue siendo una de las principales amenazas para la cohesión social en muchas partes del mundo, y Colombia no es la excepción. A lo largo de la historia, esta problemática ha generado divisiones innecesarias que obstaculizan el desarrollo colectivo. Un ejemplo claro se ha evidenciado recientemente en el ámbito deportivo, específicamente en el béisbol, donde la rivalidad entre Barranquilla y Cartagena ha resurgido con fuerza en las redes sociales.

El pasado partido entre la selección Colombia de béisbol y Brasil, en el clasificatorio al Clásico Mundial 2026, desató una polémica innecesaria en redes sociales. Algunos usuarios argumentaron que, dado que siete jugadores del equipo nacional son bolivarenses, la selección debería llamarse «Selección Cartagena». Este tipo de afirmaciones no solo carecen de sentido común, sino que también reflejan un regionalismo que, en pleno siglo XXI, debería estar superado.

Los estudios han demostrado que el regionalismo extremo puede tener consecuencias psicológicas y sociales adversas. Según un informe del Banco Mundial, aproximadamente el 40% de la desigualdad en Colombia está determinada por factores como el origen regional y la economía familiar. Esto demuestra que las divisiones geográficas no solo afectan el sentido de unidad nacional, sino que también perpetúan la desigualdad económica y social.

Desde el punto de vista de la psicología clínica, este fenómeno puede explicarse mediante el concepto de «sesgo de endogrupo», el cual hace que las personas favorezcan a su grupo de origen mientras menosprecian a los demás. El psicólogo Henri Tajfel, creador de la Teoría de la Identidad Social, argumentó que las personas buscan reforzar su autoestima identificándose con un grupo determinado y comparándolo con otros de manera competitiva. En términos prácticos, este mecanismo puede ser inofensivo en contextos triviales, pero cuando se convierte en un factor de discriminación, puede generar conflictos graves.

Volviendo al caso del béisbol, no debemos caer en el error de manifestar que los cartageneros son superiores en este deporte, cuando el mejor pelotero que ha tenido Colombia en las Grandes Ligas ha sido Édgar Rentería, un barranquillero. Tampoco se debe desconocer que Barranquilla, en estos momentos, es una ciudad más pujante en términos de infraestructura y modelo de identidad caribe, con el Junior de Barranquilla, el Carnaval y sus múltiples íconos culturales que enaltecen su identidad. Sin embargo, esto no significa que Cartagena o cualquier otra ciudad sean menos valiosas. Cada región tiene sus fortalezas y su propia riqueza cultural que deben ser reconocidas y celebradas sin caer en comparaciones despectivas.

La solución a este problema no es ignorar las diferencias regionales, sino aprender a valorarlas sin que se conviertan en barreras. Como nación, Colombia debe fomentar una identidad basada en la diversidad y el respeto mutuo, donde el éxito de una región se vea como un triunfo colectivo y no como una competencia sin sentido. El deporte, en particular, debe ser un espacio de unión y orgullo nacional, no un campo de batalla para viejas rivalidades sin fundamento. Solo así podremos construir un país más fuerte, equitativo y unido.