Por Anibal Teheran Tom

La mañana de ayer sábado amaneció distinta en Cartagena.

No fue el sol, que apareció puntual sobre las graderías del estadio 11 de Noviembre Abel Leal. Tampoco fue la brisa que, como tantas veces, recorrió el diamante y las tribunas cargando consigo el aroma inconfundible de la historia deportiva de la ciudad.

Lo diferente fue el ambiente.

Había algo solemne en el aire.

Una mezcla de nostalgia, gratitud y emoción que envolvía a cada una de las personas que llegaron hasta el escenario donde tantas veces se escuchó una voz capaz de convertir un partido de béisbol en una obra de arte narrada al oído de miles de aficionados.

Era el día del regreso de Luis Alberto Payares Villa.

“El Pupi”.

El narrador deportivo que transformó para siempre la manera de contar el béisbol en Cartagena y Bolívar.

El hombre que hizo de un micrófono una extensión de su alma.

El cronista de las emociones que durante décadas acompañó triunfos, derrotas, campeonatos y sueños.

Esta vez no regresaba para transmitir un juego.

No volvía para describir un cuadrangular ni para anunciar una alineación.

Regresaba convertido en memoria.

Regresaba en forma de cenizas.

Y lo hacía al lugar donde fue más feliz.

Al estadio donde comenzó a construir una leyenda.

Al escenario que durante años fue su segunda casa.

Allí, sobre el diamante del 11 de Noviembre Abel Leal, familiares, amigos, dirigentes deportivos, periodistas y amantes del béisbol se reunieron para cumplir su última voluntad: dejar una parte de él para siempre en la tierra que tanto amó.

Entonces ocurrió algo que transformó el homenaje en un momento inolvidable.

Mientras sus doce hijos caminaban lentamente hacia el diamante para esparcir sus cenizas, los parlantes del estadio comenzaron a reproducir una antigua grabación de Luis Alberto Payares narrando un partido de béisbol.


Allí estaban Ana Graciela, Mariola, Luis Adolfo, Rossana, Yira, Angélica, Alberto Luis, Hilda Cecilia, Luis Alberto, Zoyla, Luis Alfonso y Luisa, unidos por el mismo sentimiento y la misma misión: cumplir la última voluntad del hombre que les enseñó a amar la vida con la misma pasión con la que él amó el béisbol.

Y la magia apareció.

De repente, la voz regresó.

Aquella voz potente, apasionada e inconfundible volvió a recorrer las tribunas vacías.

Volvió a llenar el estadio.

Volvió a despertar recuerdos.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Ya no era junio de 2026.

Era cualquier tarde gloriosa del béisbol cartagenero de la década del 80.

Era “El Pupi” relatando una jugada imposible.

Era la emoción de un batazo oportuno.

Era la tensión de un noveno inning.

Era el narrador que tantas generaciones aprendieron a escuchar y a querer.

Mientras tanto, sus hijos sostenían con respeto y amor las cenizas de quien había sido mucho más que un padre para ellos: un ejemplo de perseverancia, pasión y entrega.

Poco a poco, las cenizas comenzaron a mezclarse con la tierra rojiza del diamante.

Y entonces ocurrió la imagen que quedará grabada para siempre en la memoria de quienes asistieron.

La voz del narrador acompañaba su propio regreso al estadio.

Como si estuviera relatando su último inning.

Como si el béisbol le hubiera prestado una vez más el micrófono para despedirse.

Como si él mismo quisiera contar aquella escena final.

Muchos bajaron la mirada.

Otros no pudieron contener las lágrimas.

Algunos cerraron los ojos para escuchar mejor.

Porque nadie sintió que Luis Alberto Payares Villa se estuviera marchando.

Todo lo contrario.

Parecía que estaba regresando a casa.

Entre los asistentes se encontraba el reconocido periodista deportivo Fredy Jinete Daza, quien evocó la dimensión humana y profesional de quien considera uno de los más grandes referentes de la radio deportiva de Cartagena y Bolívar.

Para Jinete, resumir la vida de Payares resulta una tarea imposible.

Su legado no puede medirse únicamente por los años frente a un micrófono ni por la cantidad de partidos narrados.

Su huella está en generaciones enteras de deportistas.

En clubes de categorías menores.

En equipos de provincia.

En jóvenes narradores y periodistas a quienes abrió las puertas cuando apenas comenzaban a construir sus sueños.

“Luis Alberto Payares Villa será un recuerdo permanente para quienes amamos el béisbol de Bolívar. El béisbol le debe mucho, especialmente los clubes de categorías menores y de la provincia, que gracias a su respaldo encontraron espacios para crecer y proyectarse”, expresó.

Y sus palabras encontraron eco en todos los presentes.

Porque “El Pupi” no solo narraba partidos.

Impulsaba talentos.

Promovía campeonatos.

Defendía el deporte menor.

Recorría municipios.

Apoyaba procesos deportivos cuando pocos estaban dispuestos a hacerlo.

Creía en los peloteros antes de que fueran estrellas.

Creía en los jóvenes antes de que encontraran una oportunidad.

Su pasión por el béisbol nunca conoció límites.

Por eso su nombre trascendió las cabinas radiales.

Por eso se convirtió en una referencia obligada cuando se habla de la historia deportiva de Bolívar.

Uno de los momentos más emotivos llegó con las palabras de su hijo, Luis Alberto Payares Altamiranda.

Frente al mismo escenario donde su padre inició su carrera, recordó el vínculo profundo que siempre existió entre “El Pupi” y el estadio 11 de Noviembre.

“Mi padre comenzó a narrar aquí, a voz en cuello, desde las gradas de este estadio. Aquí vivió gran parte de su vida y aquí escribió una historia imborrable junto al béisbol”.

Las palabras parecían viajar por cada rincón del estadio.

Por cada asiento.

Por cada pasillo.

Por cada espacio donde alguna vez se escuchó aquella voz que hizo vibrar a miles de aficionados.

“Mi padre amó el béisbol con toda su alma. Narró innumerables partidos del béisbol profesional y semiprofesional, y por eso sus cenizas se quedan aquí, porque fue lo que quiso. Aquí estará por siempre”.

Y quizá nadie pudo resumir mejor la esencia de Luis Alberto Payares Villa.

Fue un hombre que hizo del béisbol una pasión de vida.

Que encontró en la narración deportiva una misión.

Que convirtió cada transmisión en un puente entre el juego y la emoción de la gente.

Al homenaje también asistieron el presidente de la Liga de Béisbol de Bolívar, Jimmy Herrera, quien destacó la importancia de rendir tributo a una figura fundamental para el desarrollo del deporte regional. También acompañó la ceremonia el periodista deportivo Mike Fortich, junto a familiares, amigos y dirigentes que quisieron despedir a quien durante décadas fue una de las voces más respetadas del Caribe colombiano.

La ceremonia estuvo marcada por la profunda unidad de su familia. Sus doce hijos —Ana Graciela, Mariola, Luis Adolfo, Rossana, Yira, Angélica, Alberto Luis, Hilda Cecilia, Luis Alberto, Zoyla, Luis Alfonso y Luisa— acompañaron cada instante del homenaje, protagonizando uno de los momentos más conmovedores de la jornada al depositar las cenizas de su padre sobre el diamante del estadio que lo vio crecer como narrador y convertirse en una leyenda del béisbol cartagenero.

Pero quizás la frase que mejor definió la jornada fue la pronunciada por Fredy Jinete.

“Cuando las cenizas de un ser humano son esparcidas en un escenario deportivo, se perpetúa su presencia en el lugar donde fue más feliz”.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Desde ayer, Luis Alberto Payares Villa ya no ocupa una cabina de transmisión.

Ahora habita el diamante.

Está en la tierra rojiza que levantan los peloteros al correr hacia primera base.

Está en el polvo que se eleva cuando un corredor se desliza en el plato.

Está en el murmullo de las tribunas.

Está en la memoria colectiva del béisbol bolivarense.

Y quizá, cuando vuelva a escucharse el grito de “¡Play ball!” en el estadio 11 de Noviembre Abel Leal, alguien sentirá que una voz conocida sigue narrando desde algún rincón invisible.

Porque las grandes voces nunca mueren.

Simplemente encuentran otra manera de quedarse para siempre.

Y Luis Alberto Payares Villa, “El Pupi”, desde ayer quedó sembrado para la eternidad en el terreno donde construyó sus sueños, escribió su historia y conquistó el corazón de todo un pueblo beisbolero.