En Colombia, el discurso de los candidatos a la Presidencia de la República se ha centrado en ataques personalistas, cargados de odio y una narrativa violenta orientada a deslegitimar al opositor mediante epítetos y descalificaciones. En medio de este escenario, temas fundamentales para la sociedad, como el deporte, brillan por su ausencia en el debate público. Hay más interés en el insulto, que en el deporte.

Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/ACORD/AIPS

Asistir a una rueda de prensa de un candidato a la Presidencia de la República debería ser un ejercicio de visión de país. Sin embargo, el día de ayer me llevé esta reflexión: el deporte sigue siendo un tema invisible en la agenda política nacional. No aparece como prioridad, no se discute como política pública estructural y, peor aún, no se entiende como una herramienta estratégica para la construcción de nación. Esta omisión no es un tema menor. Es realmente grave.

El deporte en Colombia continúa siendo tratado como un asunto secundario, reducido a la recreación o al espectáculo ocasional, cuando en realidad constituye un eje fundamental de política pública. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la inactividad física está asociada a más de cinco millones de muertes anuales en el mundo. En el caso colombiano, cifras del Ministerio de Salud indican que más del 55 % de los adultos no cumple con los niveles mínimos de actividad física recomendados, lo que se traduce en un aumento sostenido de enfermedades crónicas no transmisibles, mayor presión sobre el sistema de salud y una pérdida significativa de productividad.

Hablar de deporte no es hablar de medallas ni de eventos aislados, es hablar de prevención, bienestar y formación ciudadana. En múltiples países, el deporte ha sido incorporado como una política de Estado orientada a mejorar la salud pública, reducir la violencia y fortalecer la cohesión social. En Colombia, un país que aún transita un complejo proceso de reconciliación, resulta llamativo que el deporte no ocupe un lugar central en las estrategias de construcción de paz. Experiencias en territorios afectados por la violencia han demostrado que los programas deportivos comunitarios disminuyen la delincuencia juvenil, el reclutamiento forzado y el consumo de sustancias psicoactivas, ofreciendo a niños y jóvenes referentes positivos y espacios de disciplina y pertenencia.

El deporte también ha sido históricamente un generador de identidad y orgullo nacional. Durante décadas, disciplinas como el boxeo colocaron a Colombia en el escenario mundial, no solo por los títulos obtenidos, sino por el simbolismo social que representaban: historias de superación, disciplina y movilidad social. Hoy, Colombia ha desaparecido prácticamente del mapa del boxeo profesional internacional. No se trata de una falta de talento, sino de la ausencia de políticas públicas sólidas, de procesos formativos sostenidos y de una estructura institucional que respalde el desarrollo deportivo desde la base hasta el alto rendimiento.

Esta crisis no es casual. El presupuesto destinado al deporte ha sido históricamente insuficiente y fragmentado. Mientras otros países destinan entre el uno y el dos por ciento de su presupuesto nacional al fomento del deporte y la actividad física, en Colombia los recursos suelen ser limitados, discontinuos y dependientes de la voluntad política del gobierno de turno. El énfasis desproporcionado en el alto rendimiento, sin una inversión real en el deporte formativo y comunitario, ha debilitado los semilleros y ha roto la cadena de desarrollo deportivo. Sin base no hay proceso, sin proceso no hay resultados, y sin resultados no hay identidad colectiva.

Resulta especialmente preocupante que, en escenarios de campaña presidencial, el deporte no figure en el discurso de los aspirantes a gobernar el país. Se habla de seguridad, de economía, de infraestructura y de educación, pero se ignora sistemáticamente el papel del deporte como herramienta transversal para la salud, la convivencia y la formación de ciudadanía. Esta ausencia revela una desconexión profunda entre el discurso político y las necesidades reales de la sociedad.

El deporte no es un lujo ni un accesorio. Es una inversión estratégica en capital humano, en cohesión social y en futuro. Un país que margina el deporte de su proyecto político renuncia a una de las herramientas más efectivas para formar ciudadanos sanos, disciplinados y comprometidos con su entorno. Si quienes aspiran a dirigir la nación no comprenden esta realidad, la pregunta es inevitable: ¿qué tipo de país están pensando construir? Porque una nación que no apuesta por el deporte no solo pierde campeones; pierde salud, pierde identidad y compromete su futuro.