NOTA EDITORIAL
Lo ocurrido ayer en Medellín, donde el manager de Bolívar terminó a los golpes, con un miembro de la Comisión Técnica, no fue solo un incidente bochornoso: fue el reflejo de una crisis más profunda en el softbol colombiano. Una crisis que se esconde bajo el manto de los «Campeonatos Nacionales», pero que cada vez tienen menos de «nacionales» y más de vitrinas internacionales camufladas.
Hoy, selecciones como Atlántico, Magdalena, Sucre y otras regiones del país han convertido sus nóminas en un desfile de talento venezolano, desplazando a los peloteros locales. Bajo el sofisma de que muchos de estos jugadores son “colombianos”, se presentan cédulas expedidas en municipios donde jamás han lanzado una bola ni tomado un bate, valiéndose de atajos legales para justificar lo que en esencia es una importación sistemática de jugadores.
Y así, el torneo nacional termina siendo una competencia desigual: mientras las ligas que sí trabajan con talento criollo compiten con uñas y dientes, otros equipos desbordan chequeras —con nóminas que superan los 90 millones de pesos, según lo expresado por Raymundo Narváez en el programa «Buenos días, Cartagena— para traer refuerzos que dominan en el montículo y en el bateo, pero no representan a ninguna comunidad ni han hecho parte del proceso de formación local.
Los argumentos de “competitividad” ya no alcanzan para justificar esta distorsión. Se habla de campeonatos “cerrados” y “emocionantes”, pero ¿a costa de qué? El verdadero costo es el abandono del talento colombiano, ese que se forma en barrios humildes, que entrena sin guantes nuevos, que juega en canchas polvorientas, y que jamás será visto por los ojos de un seleccionador porque ya hay un cupo comprado… con acento extranjero y documento colombiano.
La federación, en lugar de poner orden, ha sido permisiva, cuando no directamente alcahueta, de esta lógica desleal. Las voces que piden un torneo profesional, donde se admita abiertamente la participación de extranjeros, tienen razón: sería más honesto que seguir disfrazando con la palabra “nacional” un torneo que ha perdido su esencia.
Mientras tanto, seguimos repitiendo un patrón peligroso: los torneos son para los que tienen plata, no para los que tienen patria. El pelotero colombiano sigue esperando su oportunidad, sentado en la banca de su propio país, viendo cómo otros se llevan los trofeos, los aplausos… y los viáticos.
Lo de Medellín fue una vergüenza, sí. Pero más vergonzoso aún es que sigamos permitiendo que los campeonatos nacionales sean trampolines para foráneos con cédulas exprés, y un muro para quienes realmente representan al softbol colombiano.
