La realización del reciente Torneo Panamericano de Softbol fue posible gracias a una solicitud expresa de la WBSC al Comité Olímpico Colombiano (COC), que asumió la convocatoria a los atletas, ante la falta de diligencia del Comité ProFederación para convocar la asamblea y normalizar la situación administrativa de la disciplina.
El softball colombiano atraviesa hoy uno de los momentos más críticos y desconcertantes de su historia dirigencial. No se trata de una derrota deportiva ni de un mal resultado en el terreno de juego; se trata de algo mucho más grave: la ausencia de liderazgo, de decisiones y, sobre todo, de respuestas.
Han pasado ya más de siete meses sin que el país tenga una federación de softball plenamente constituida. Siete meses en los que el deporte ha quedado suspendido en una especie de limbo administrativo que nadie parece querer explicar. El llamado Comité Pro-Federación, designado precisamente para convocar la asamblea que debía elegir al nuevo órgano de administración, simplemente desapareció del radar institucional. No hay cronograma, no hay pronunciamientos claros, no hay hoja de ruta.
Y en el deporte, como en la vida pública, el silencio también comunica.
Existe una frase que resume bien lo que ocurre hoy en el softball colombiano:
“Cuando quienes deben hablar guardan silencio, el eco de ese silencio termina siendo más estruendoso que cualquier palabra.”
Ese silencio institucional se volvió aún más evidente durante el reciente torneo Panamericano celebrado en Montería. En medio de un escenario complejo, con dificultades logísticas y organizativas, fue el Comité Olímpico Colombiano (COC) el que tuvo que asumir la responsabilidad de sacar adelante el evento. El campeonato se realizó —y eso hay que reconocerlo— pero a un costo superior a los 2 mil millones de pesos.
Muchos pensábamos que, una vez terminado el torneo, se activarían de inmediato las actuaciones administrativas necesarias. Era lo lógico: cerrar el capítulo organizativo y abrir el camino para la convocatoria de la asamblea que permitiera recomponer la institucionalidad del softball colombiano. Era el momento para pasar la página y construir una nueva dirigencia.
Pero nada de eso ocurrió.
Es cierto que lo pasado es pasado, y que mirar permanentemente el retrovisor no resuelve los problemas. El debate sobre quién hizo o dejó de hacer ya pertenece al terreno de la historia reciente. Sin embargo, lo que sí resulta inaceptable es la inacción presente.
Hoy la realidad es contundente: Colombia no tiene federación de softball desde hace más de siete meses.
Y la situación se vuelve aún más preocupante cuando el calendario internacional no se detiene. El país se prepara para ser sede de otro evento de carácter internacional, pero hasta el momento no hay convocatoria de peloteros, no hay planificación deportiva visible, no hay información oficial para atletas, entrenadores ni ligas.
No hay nada.
El softball colombiano —un deporte que le ha dado al país medallas, orgullo y reconocimiento continental— no puede seguir atrapado en la parálisis administrativa ni en el silencio institucional. Los atletas entrenan, compiten y representan a Colombia con esfuerzo y disciplina. Lo mínimo que merecen es una dirigencia que actúe con la misma responsabilidad.
Y la pregunta que queda en el ambiente es: ¿Habrá Federación antes que se inaugure el Campeonato Mundial U23 en Sincelejo…? Amanecerá y veremos.
