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El espejismo del atajo: mientras el voleibol siembra futuro, el sóftbol sigue comprando el presente

EDITORIAL/

En el deporte, como en la historia de las naciones, los grandes imperios no se edificaron sobre mercenarios, sino sobre ciudadanos formados en la convicción, la disciplina y el sentido de pertenencia. Roma expandió sus fronteras con legiones propias; Japón reconstruyó su poder económico apostándole al talento de su gente; y Cuba, con todas sus limitaciones materiales, convirtió durante décadas el desarrollo deportivo en una política de Estado basada en la formación desde las categorías menores. En el deporte moderno, las potencias no improvisan: construyen.

Colombia tiene hoy un ejemplo irrefutable frente a sus ojos. El voleibol nacional, una disciplina que durante años estuvo lejos de los reflectores del fútbol o del ciclismo, ha decidido recorrer el camino más difícil, pero también el más digno: sembrar talento desde la niñez, fortalecer las ligas, identificar jugadores mediante procesos permanentes de detección, invertir en entrenadores, consolidar selecciones juveniles y permitir que cada generación madure antes de llegar a la élite.

Los resultados empiezan a hablar por sí solos. Las selecciones colombianas de voleibol, tanto en masculino como en femenino, han incrementado su presencia internacional, participan con mayor frecuencia en competencias continentales y mundiales, y han logrado que varios de sus jugadores integren ligas profesionales en Europa y otros mercados competitivos. No fue producto de la casualidad; fue consecuencia de una política deportiva coherente.

Mientras tanto, el sóftbol colombiano parece caminar exactamente en sentido contrario.

Hace más de dos décadas algunos periodistas y analistas vienen advirtiendo que el desarrollo del sóftbol nacional no puede depender indefinidamente de la contratación recurrente de jugadores nacidos y formados en otros países para representar a Colombia. No se cuestiona la legalidad de quienes cumplen los requisitos de elegibilidad establecidos por los reglamentos internacionales ni se desconoce que muchos deportistas tengan vínculos legítimos con el país. El verdadero debate es otro: ¿qué mensaje recibe el niño colombiano que entrena todos los días cuando observa que, al final del camino, la camiseta nacional parece reservada para quienes llegan desde afuera?

Se rompe la cadena de motivación. Se desestimula la inversión de las ligas. Se debilitan los procesos de formación. Y, sobre todo, se instala una peligrosa cultura del atajo, esa enfermedad administrativa que ha perseguido al deporte colombiano durante décadas: cuando formar cuesta tiempo, algunos prefieren comprar resultados inmediatos.

Cada convocatoria que privilegia soluciones coyunturales sobre procesos estructurales envía un mensaje equivocado. Cada peso invertido en apagar incendios deja de invertirse en escuelas, entrenadores, competencias juveniles y desarrollo regional. El resultado es un círculo vicioso: como no se forma talento, se sigue buscando talento afuera; y como se sigue buscando afuera, nunca se desarrolla plenamente el de adentro.

Es una puerta giratoria donde circulan dólares, pesos y favores, mientras las canchas de los municipios continúan esperando implementos deportivos, capacitación técnica y campeonatos que permitan descubrir la próxima generación de jugadores colombianos.

La historia demuestra que ningún deporte alcanza la grandeza viviendo de soluciones transitorias. El béisbol dominicano no nació contratando extranjeros; Venezuela construyó generaciones enteras de peloteros desde sus academias; Brasil hizo del voleibol una potencia mundial fortaleciendo clubes y categorías inferiores; y hoy Colombia comienza a recoger precisamente esos frutos en esa disciplina.

¿Por qué el sóftbol insiste en recorrer el camino inverso?

La responsabilidad no recae únicamente sobre la Federación Colombiana de Sóftbol. También compromete a las ligas departamentales, que durante años han reducido sus programas de desarrollo, limitando la detección temprana de talentos y concentrando esfuerzos casi exclusivamente en las competencias de alto rendimiento. Sin una estructura sólida en las categorías infantil, prejuvenil y juvenil, el relevo generacional termina siendo una promesa permanente que nunca llega.

Más que organizar campeonatos o conformar selecciones nacionales, se debe liderar una auténtica revolución metodológica. Es momento de exigir a cada liga programas verificables de formación, indicadores de crecimiento, escuelas certificadas, seguimiento técnico y competencias permanentes. No basta con entregar uniformes; hay que construir deportistas.

El país necesita que la Federación establezca metas concretas para que, en un horizonte razonable, la base de las selecciones nacionales provenga mayoritariamente de procesos desarrollados en Colombia. Esa no debe entenderse como una política de exclusión, sino como una estrategia de fortalecimiento del talento nacional y de sostenibilidad deportiva.

Porque representar a Colombia no puede convertirse únicamente en una oportunidad económica. Debe seguir siendo, ante todo, el punto más alto de un proceso de formación, esfuerzo y pertenencia.

El voleibol ya entendió esa lección y hoy empieza a recoger medallas, reconocimiento y prestigio internacional.

El sóftbol todavía está a tiempo de comprender que los campeonatos pasajeros producen aplausos efímeros, pero únicamente la formación de talento propio construye legado. Y en el deporte, como en la historia, los pueblos que dejan de formar a sus propios hijos terminan dependiendo eternamente de los hijos de otros.

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