Crónica beisbolera del desorden repetido
Por LUIS ADOLFO PAYARES ALTAMIRANDA/ACORD/AIPS
Hay expresiones que nacen del folclor popular y se acomodan con tanta precisión a la realidad que terminan pareciendo una crónica anticipada. Una de ellas, castiza y sonora, es “a la topa tolondra”. Su etimología, aunque difusa, remite al caos impulsivo, al accionar sin método, al correr detrás de la bola sin guante ni estrategia. Algunos lingüistas sugieren que proviene del cruce entre “topar” y “tolondra” —una forma arcaica de decir torpeza o atolondramiento—. Traducido al idioma del diamante, significa jugar sin libreto, sin pizarra, sin cronograma: ¡puro swing completo abanicando la brisa…!
Y así, exactamente así, parece operar el béisbol profesional en Colombia. Un torneo que, si bien solo dura poco más de dos meses, debería prepararse desde el mismo instante en que se canta el último out del último inning de la temporada. Pero no. En nuestro caso, la DIPROBEISBOL —ese ente que debería regir con rigor, planificación y visión de futuro— actúa más como improvisado coach de bullpen que como gerente deportivo de una liga seria. La estructura, si existe, no se ve. La planificación, si se piensa, no se comunica. La administración comercial, si se sueña, no se ejecuta.
Ayer tuvimos la oportunidad de conversar con la doctora Lorian Argumedo, quien sin tapujos manifestó que desde que terminó la pasada campaña no se ha hecho una sola reunión para analizar lo que se hizo bien… o lo que se hizo mal. Ni scouting de aciertos, ni playbook de errores. Nada. Un silencio tan profundo como un no-hitter en extrainnings.
El problema no es solo de método. Es también de legitimidad y compromiso. Mientras otras ligas —en países donde el béisbol es igual de caribe— dedican todo un año a fortalecer marcas, ampliar mercados, formar talentos y asegurar patrocinios, acá seguimos apostando a la suerte, esperando que con una buena alineación y un par de peloteros de cartel, se llene el estadio. Y eso, en tiempos donde el streaming le compite al estadio y el mercadeo digital es el nuevo manager, es francamente insostenible.
En Cartagena el panorama es aún más sombrío. Con todo y la cantera de talento que brota desde los barrios, no se sabe si la ciudad tendrá equipo en la próxima temporada. La franquicia de Tigres, una de las más queridas y representativas del béisbol nacional, sigue en el limbo. ¿Quién la manejará? ¿Dónde jugará? ¿Con qué recursos? ¿Bajo qué liderazgo? Preguntas que deberían tener respuesta desde hace meses, pero que siguen rodando como rolling lento por tercera, sin que nadie se agache a atraparla.
Y mientras tanto, los peloteros esperan, los fanáticos preguntan y la historia se repite… a la topa tolondra.
Porque el béisbol, señores, no se puede jugar como quien lanza una recta al home sin saber la cuenta, ni organizar como quien arma una novena sin haber entrenado una sola vez. El talento está, la pasión sobra, la tradición nos respalda. Pero si no hay dirección, si no hay proyecto, si no hay ligas que liguen ni dirigentes que dirijan, entonces lo nuestro seguirá siendo eso: un desorden con uniforme, un caos de temporada corta… y una gran oportunidad perdida.
