Un pequeño homenaje a Napito Perea

Corría el año 1980, si mi memoria no me falla, se desarrollaba el campeonato de béisbol profesional en la ciudad de Cartagena y yo como un fanático más me la pasaba de estadio en estadio con mi viejo, cuando las empanadas de huevo las hacían con huevo criollo, y la kola Román tenía su sabor original.

Al Napito que yo conocí lo vi por primera vez en el estadio 11 de Noviembre, jugaba la segunda base en el equipo Indios, ese mismo que tenía un jingle que se hizo famoso en la época: «El indios llegó..llegó tu papá..!» Hizo dupla con Onix Concepción short stop puertorriqueño que después llegó a grandes ligas, con Kansas City Royals, y los piratas de Pittsburgh. El «napito» era un bacán de tiempo completo, mamador de gallo inconmensurable, y de una bondad extrema que pasaba muchas veces desapercibida. En los albores de mi juventud pude verlo jugar varias veces, con aguaje y el «caminao» característico: «nalguita pará» y moviendo las piernas como pato mandarín.

Una de las características que tenía era que no le gustaba perder, y «rosquero» como el que más. Recuerdo el dia en un partido de softball le gané al equipo donde militaba, llamado Los Amigos, donde también estaban El Capi Castillo y Leroy Padilla, dos de sus grandes amigos. Ese día me decía reiteradamente: «Nojoda que comiste que estas tirando duro..!! Bola de humo..! y pasó todo el partido mamandome gallo. Yo solo le decía tomate tu «losartan» que el sol está bien fuerte y se te puede subir la presión…!

Una de las cosas que mas admiraban sus amigos era su gran sentido del humor, heredado de su padre Napoleón Perea Castro, quien también tuvo fama de ser un excelso mamador de gallo.

Cuando Napito jugaba en los Indios yo apenas era un muchachito de poco más de 14 años, con una pasión por los deportes, sobre todo por el beisbol. Además de estar en la cabina de  mi padre, a veces se me ocurría meterme al terreno de juego, donde podía ver un terreno estadio inmenso. Uno de esos días cuando mi padre lo entrevistaba, me observó y me dijo: Tienes la misma cabeza de tu padre, yo solo me reí y mi padre siguió la entrevista, creo que la pregunta se interrumpió por un instante, porque decidí tomar una pelota de SPALDING, que estaba cerca, la cogí y le dije que la firmara, también sin saber quien era se la dí a Onix Concepción que también estampó su firma en la pelota.

La pelota no se donde quedaría después de tanto tiempo, creo que fue una de las que tomé para jugar en el barrio. Esas mismas que se les quitaban las costuras, raídas, pero que después le poniamos «gutapercha» para que duraran más.

Hoy el tiempo y la memoria trajo esta anécdota, que se convierte en un pequeño homenaje a una persona que por causa de la maldita delincuencia no está con nosotros hoy. Me hubiera gustado tener esa pelota en mis manos para ponerla en su tumba y de esta manera pudiera jugar con ella en el infinito. Paz en la tumba de Napoleón Perea JR.