EDITORIAL/OPINIÓN
Kylian Mbappé no insultó a nadie por su nombre. No escribió un trino, no dio una rueda de prensa, no firmó un manifiesto. En una entrevista grabada en abril para un podcast francés, le preguntaron por su meme favorito y, entre risas, mencionó uno donde le ponen la cara sobre la de “un tipo, creo que un dictador chino”. El tipo era Mao Zedong. Esa sola frase bastó.
Lo que vino después es una lección de cómo funciona el poder cuando todas sus piezas se mueven al mismo tiempo. El video desapareció. Sus cuentas en Weibo y Xiaohongshu, con cerca de un millón de seguidores cada una, quedaron congeladas con un aviso de “violación de normas”. Al menos tres marcas chinas rompieron contrato con comunicados que hablaban de “herir el sentimiento nacional”, sin mencionar nunca a Mao. Medios chinos reportaron que Dior y Hublot borraron su contenido con el jugador. La televisión estatal CCTV dejó de transmitir LaLiga. Mbappé pidió perdón y calificó su comentario de torpe. No alcanzó: LaLiga se disculpó en nombre de todos sus clubes, y el Real Madrid envió su propia carta de disculpas a Pekín.
A China hay que reconocerle algo: planea a treinta años y ejecuta en semanas. Con esa misma disciplina ha construido trenes de alta velocidad, puertos y ciudades enteras. Pero el caso Mbappé muestra la otra cara de esa eficiencia. Estado, plataformas, empresas y medios se alinearon en dos días, sin que nadie votara nada, sin un juez, sin derecho a réplica. La coordinación que levanta un tren bala es la misma que puede hacer desaparecer a una persona.
Y no es la primera vez. En 2019, el futbolista Mesut Özil criticó el trato a los uigures y la televisión china retiró un partido del Arsenal de su parrilla. Ese mismo año, un directivo de los Houston Rockets apoyó en un trino las protestas de Hong Kong y la NBA perdió de un día para otro sus transmisiones en China. El patrón se repite: el castigo no apunta solo al que habla, sino a todo el que gana dinero a su lado. Por eso los clubes, las ligas y las marcas terminan pidiendo perdón por lo que dijo otro.
¿Y Colombia qué?
Aquí los memes del presidente de turno —este, el anterior y el que venga— circulan por WhatsApp antes del desayuno. La Constitución del 91 protege esa libertad, y la caricatura política es casi un deporte nacional. Pero sería ingenuo creernos inmunes. Colombia sabe, como pocos países, lo que cuesta el humor incómodo: a Jaime Garzón no lo silenciaron con un bloqueo en redes, lo silenciaron a tiros en 1999. Y en las regiones, también en el sur de Bolívar, hay periodistas que han aprendido a medir cada palabra no por orden de un ministerio, sino por miedo a quien tiene las armas.
Tampoco somos ajenos a la versión criolla del linchamiento digital: bodegas de todos los colores políticos que en horas convierten a un ciudadano en villano nacional, empresas que retiran pauta ante la primera tormenta en X, figuras públicas que prefieren callar antes que perder un contrato. No es la maquinaria estatal china, pero el reflejo es parecido: que el costo de hablar sea tan alto que nadie quiera pagarlo.
Colombia se ha acercado como nunca a China. Empresas chinas construyen el Metro de Bogotá, el país se sumó a la Franja y la Ruta de seda, y nuestros productos buscan ese mercado gigantesco. Bienvenida la inversión. Pero vale preguntarse desde ya: el día que un deportista, un artista o un empresario colombiano diga algo que incomode a Pekín, ¿nuestras instituciones y empresas defenderán su derecho a hablar o correrán a pedir perdón, como hicieron el Real Madrid y LaLiga? Les tocará hacerlo, nadie quiere perder un mercado de más de mil millones de habitantes, que tiene un ingreso per capita de más de catorce mil dolares anuales.
El caso Mbappé no es un chisme de fútbol. Es un recordatorio de que la libertad de reírse de los poderosos no se mide en los días tranquilos, sino en las 48 horas siguientes a un chiste que se metió con una de las instituciones generacionales que tiene China.
