Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/ACORD/AIPS
El pelotero Andrés Angulo tuvo el valor de hacer lo que muchos piensan, pero pocos se atreven a decir públicamente: el béisbol colombiano atraviesa una crisis que va mucho más allá de los resultados deportivos. En un video difundido a través de sus redes sociales, Angulo expresó su inconformidad por la falta de planificación, las dificultades que enfrentan nuestras selecciones nacionales, la ausencia de programas de seguimiento a los jugadores y las precarias condiciones de muchos escenarios deportivos. Su denuncia no puede quedarse en una publicación que genere comentarios durante dos días y después termine sepultada por el olvido. Lo que ha dicho Angulo merece una reflexión profunda, porque el problema del béisbol colombiano no comenzó ayer, ni se resolverá cambiando a un dirigente por otro. Estamos frente a una enfermedad estructural que durante décadas ha sido tratada con pañitos de agua tibia, mientras quienes tienen la responsabilidad de administrar este deporte parecen conformarse con mantener funcionando una maquinaria que produce más incertidumbres que resultados.
Hay que comenzar por una verdad que pocos se atreven a discutir: Colombia, desde su estructura estatal y su política deportiva, no ha logrado darle al béisbol la dimensión estratégica que merece. Históricamente se le ha mirado como una disciplina regional, casi exclusivamente vinculada con la Costa Caribe, particularmente con Bolívar, Atlántico, Córdoba y Sucre. Es cierto que en ciudades como Cali y Medellín también se juega pelota, pero su desarrollo y proyección han sido limitados frente a otras disciplinas. Y aquí aparece la primera gran equivocación: creer que porque un deporte tiene sus raíces más profundas en determinada región, su crecimiento debe quedar condenado a esa geografía. El béisbol es una industria deportiva internacional, un espectáculo que mueve miles de millones de dólares, genera empleos, promueve el turismo, fortalece la identidad cultural y abre oportunidades para miles de jóvenes. Mientras países del Caribe y Asia han entendido su potencial económico y social, en Colombia seguimos tratando de sobrevivir con los recursos que puedan aparecer en el Ministerio del Deporte, el Comité Olímpico Colombiano, las gobernaciones y las alcaldías. Es decir, seguimos administrando la escasez en lugar de construir prosperidad.
Y no nos digamos mentiras: el béisbol es costoso. Un equipo de receptor, un guante de buena calidad, los bates, las pelotas, los implementos de protección y el mantenimiento de un terreno de juego representan inversiones considerables. Formar un pelotero no consiste únicamente en entregarle un uniforme y ponerlo a correr las bases. Se necesitan entrenadores capacitados, preparadores físicos, especialistas en medicina deportiva, programas de nutrición, tecnología para evaluar el rendimiento, competencias permanentes y una estructura que acompañe al deportista desde sus primeras categorías hasta el alto rendimiento. ¿De dónde debe salir el dinero? Esa es la pregunta que nuestros dirigentes tendrían que hacerse todos los días, pero no para seguir tocando las mismas puertas oficiales, sino para encontrar nuevas fuentes de financiación. Vivimos en un mundo globalizado, dominado por la innovación, las plataformas digitales, las alianzas empresariales y las economías del entretenimiento. Sin embargo, buena parte de nuestra dirigencia deportiva continúa funcionando con una mentalidad administrativa que parece detenida en el siglo pasado. No basta con saber de béisbol para dirigir el béisbol. También hay que saber de economía, mercadeo, gestión empresarial, cooperación internacional y generación de ingresos.
¿Acaso resulta imposible crear un fondo empresarial para el desarrollo del béisbol colombiano, con aportes de compañías privadas que reciban beneficios publicitarios, presencia de marca y proyectos verificables de responsabilidad social? ¿Por qué no estructurar una plataforma nacional de patrocinio donde las empresas puedan financiar directamente escuelas, selecciones y programas de formación, con mecanismos públicos de seguimiento a cada peso invertido? ¿Por qué no aprovechar las relaciones con organizaciones de Grandes Ligas, academias internacionales y fundaciones deportivas para establecer convenios de capacitación, donación de implementos y transferencia tecnológica? También podríamos desarrollar una industria de contenidos digitales alrededor del béisbol colombiano, comercializar derechos audiovisuales de torneos, organizar festivales internacionales, promover el turismo deportivo y crear circuitos escolares y universitarios respaldados por empresas. Incluso sería viable diseñar programas de adopción empresarial de escenarios deportivos, en los que compañías privadas contribuyan a su mantenimiento mediante convenios transparentes, sin que el Estado renuncie a sus obligaciones. Las universidades también deberían entrar al terreno de juego, aportando investigación, innovación, medicina deportiva, administración y mercadeo. Las posibilidades existen; lo que falta es convertirlas en proyectos serios, financiables y sostenibles.
Pero para lograrlo hay que cambiar la mentalidad. Ya no estamos en aquellos tiempos de Conastil y Colpuertos, cuando buena parte del deporte empresarial giraba alrededor del respaldo de grandes compañías y entidades públicas, y las relaciones entre directivos, trabajadores y organizaciones deportivas permitían sostener equipos y competencias. Aquella fue otra época, con sus virtudes, sus privilegios y sus profundas contradicciones. Una época en la que incluso se presentaron situaciones laborales y pensionales difíciles de imaginar bajo los parámetros actuales. Pero el mundo cambió. Las empresas ya no pueden entender el patrocinio deportivo simplemente como una manera de mantener satisfechos a sus trabajadores o de cumplir compromisos personales entre dirigentes. Hoy una inversión debe tener objetivos, indicadores, resultados y beneficios claramente establecidos. El deporte moderno exige proyectos empresariales, no relaciones de compadrazgo. El béisbol colombiano necesita gerentes con visión de futuro, no administradores especializados en pedir favores.
Lo más preocupante es que mientras seguimos atrapados en discusiones internas, nuestros peloteros pierden oportunidades. La denuncia de Angulo sobre la preparación de la Selección Colombia de Mayores para el clasificatorio al Premier 12 y las dificultades que impidieron el viaje de la Selección Sub-18 a República Dominicana obliga a exigir explicaciones. ¿Dónde estuvo la planificación? ¿Cuándo se conocieron las necesidades presupuestales? ¿Qué gestiones se adelantaron? ¿Quiénes tenían la responsabilidad de garantizar las condiciones de participación? No se puede improvisar una selección nacional semanas antes de una competencia y después justificar las deficiencias diciendo que no hubo recursos. Los calendarios internacionales se conocen con anticipación y una federación debe trabajar con presupuestos, cronogramas y alternativas de financiación. La falta de dinero puede explicar una dificultad, pero no puede convertirse eternamente en la coartada para justificar la ausencia de gestión.
También resulta indispensable revisar la estructura de nuestras ligas y organismos deportivos. ¿Cuántas cuentan con planes estratégicos a cuatro o cinco años? ¿Cuántas tienen departamentos de mercadeo capaces de presentar un proyecto atractivo ante una empresa nacional o internacional? ¿Cuántas publican informes detallados sobre sus ingresos, inversiones, resultados y programas de desarrollo? ¿Cuántas poseen un sistema de seguimiento a los talentos que salen de sus departamentos? Estas preguntas no pretenden descalificar indiscriminadamente a quienes trabajan por el deporte, porque también existen dirigentes, entrenadores y colaboradores que hacen esfuerzos enormes con recursos mínimos. Pero precisamente por respeto a ellos es necesario separar la verdadera gestión de la simple ocupación de un cargo. Una liga o una federación no puede limitar su existencia a organizar campeonatos, tramitar inscripciones y esperar transferencias oficiales. Su responsabilidad es construir las condiciones para que el deporte crezca.
Y hay otro asunto que no puede pasar inadvertido: el derecho de los jugadores a expresarse. Un pelotero no puede sentir que su futuro deportivo corre peligro por cuestionar una decisión administrativa, reclamar mejores condiciones o denunciar deficiencias organizativas. Las instituciones deportivas no son propiedades particulares ni los seleccionados nacionales pueden convertirse en espacios donde la obediencia personal tenga más valor que el rendimiento. El deportista debe ser escuchado, respetado y protegido. Si un jugador plantea una crítica sustentada, la respuesta institucional debe ser ofrecer explicaciones y soluciones, no generar ambientes de intimidación o exclusión. El silencio de los peloteros jamás puede convertirse en requisito para vestir la camiseta de Colombia.
Andrés Angulo ha puesto el dedo en una llaga que lleva demasiado tiempo abierta. Su pronunciamiento debería servir para convocar una discusión nacional en la que participen jugadores, entrenadores, dirigentes, empresarios, universidades, autoridades deportivas y representantes de las organizaciones profesionales. Pero esa discusión debe tener una condición fundamental: que no termine convertida en otra reunión llena de discursos, fotografías y promesas. Se necesita un plan nacional de desarrollo del béisbol con metas medibles, financiación diversificada, formación de entrenadores, recuperación de escenarios, expansión territorial y seguimiento permanente a nuestros talentos. El Estado tiene responsabilidades que no puede eludir, pero la dirigencia tampoco puede seguir esperando que el presupuesto público resuelva todas sus incapacidades administrativas.
El béisbol colombiano tiene historia, tradición, talento y una afición que ha demostrado su fidelidad incluso en los momentos más difíciles. Lo que no tiene, al menos con la solidez que necesita, es un modelo de gestión capaz de convertir esas fortalezas en desarrollo sostenible. Y mientras esa realidad no cambie, seguiremos celebrando el talento de nuestros peloteros en las Grandes Ligas, mientras en casa discutimos cómo conseguir pelotas para un campeonato o recursos para enviar una selección al exterior. Esa contradicción debería avergonzarnos como país deportivo.
La pelota está en el terreno de los dirigentes. Ya es hora de que dejen de mirar hacia las tribunas esperando que alguien les resuelva el partido. Necesitamos creatividad, capacidad empresarial, transparencia y resultados. Porque el béisbol colombiano no necesita más discursos de amor por la camiseta, sino personas capaces de trabajar para que esa camiseta pueda competir dignamente en cualquier escenario internacional.
