Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
Las nostalgias son como ese viejo álbum de fotos que sacamos en las tardes lluviosas: nos arropan, nos enternecen, nos convencen de que todo tiempo pasado fue mejor… y nos amarran al sofá, sin dejarnos caminar hacia adelante. El béisbol en Bolívar vive, precisamente, de esas nostalgias. Vive de glorias pasadas que se pasean como fantasmas por estadios vacíos y diamantes oxidados.
En Cartagena todavía no hemos podido levantar un estadio digno que lleve el nombre de Orlando Ramírez, primer Grandes Ligas nacido en esta tierra. En vez de eso, nos conformamos con bautizar con su nombre un escenario vetusto, y al principal, le pusimos Abel Leal. Y ojo, no es deslegitimar al “Tigre Leal” —uno de los peloteros amateurs más laureados de Colombia—, pero el título de Grandes Ligas no es poca cosa. Orlando Cabrera, Gio Urshela, Jackie Gutiérrez, y muchos otros nombres, que pisaron el Olimpo de la pelota, que vistieron el uniforme en el mejor béisbol del mundo. Pero aquí, en el reino de las nostalgias, seguimos creyendo que el pasado basta para sostener el presente.
Sé que para algunos esta opinión será un sacrilegio. Que me tilden de irrespetuoso, que me mienten la madre si quieren. Pero es esa misma mentalidad, aferrada a lo que fue y negada a lo que puede ser, la que nos tiene hundidos en el ostracismo deportivo. El béisbol evolucionó. El espectáculo cambió. El negocio se transformó. Sin embargo, en Bolívar, la dirigencia sigue sentada en la mecedora, esperando que los tiempos de hace 40 años vuelvan solos.
Mientras tanto, en Barranquilla —una ciudad más futbolera que beisbolera— entendieron algo simple: Edgar Rentería fue mejor que Tomás Arrieta, y por eso dieron el salto generacional, poniendo al frente un referente vivo, fresco, de calibre internacional. Ese es un mensaje poderoso para la afición: no se vive de estampitas viejas, se vive de ídolos que inspiran a las nuevas generaciones.
Aquí no hay liderazgo beisbolero. Lo que hay son esfuerzos individuales, dispersos, que no suman nada como espectáculo ni como industria. Y mientras no entendamos que el béisbol no se rescata con homenajes a la melancolía, sino con visión, inversión y renovación, seguiremos viendo cómo la pelota caliente en Bolívar se enfría… hasta congelarse.
Por eso digo que seguimos siendo amateurs, no entendemos que esos tiempos ya pasaron.
