Por Luis Adolfo Payares
El día de ayer, en el sepelio de Eugenio Baena Calvo, salió a relucir esta anécdota, la cual la describimos a continuación, como un pequeño homenaje al popular «Bate».
Hay amigos que se van, pero nunca se marchan del todo. Eugenio Baena era así: un hombre que vivía en la gente, en las risas compartidas, en las ocurrencias que, como ráfagas, iluminaban cualquier cabina de transmisión. Hoy su ausencia pesa, pero su recuerdo todavía se cuela en las conversaciones, en las anécdotas que parecen seguir teniendo eco, como si él aún estuviera al otro lado del micrófono.
Julio César Escorcia Vizcaíno —a quien Baena rebautizó como “el Suizo”— lo recuerda con una sonrisa que intenta disimular la nostalgia. Fue en una transmisión, en uno de esos días en que el estadio hervía de emociones y el calor costeño se mezclaba con el rugir de la pelota. Eugenio, con esa chispa que no se enseñaba en ninguna escuela de periodismo, decidió que era el momento de jugar con los gentilicios.
A Edwin Marsiglia, por el apellido, lo llamó “el italiano”. A Payares le soltó un: “tú de Turbaco no pasas”. A Ferdy Jinete lo proclamó “un criollo único”. Y cuando le tocó a Julio César, lo miró con esa picardía que era su sello y, sin previo aviso, disparó:
—Julio César es un suizo.
La cabina estalló en carcajadas y, al mismo tiempo, en desconcierto. ¿Suizo? ¿Qué tenía que ver Escorcia Vizcaíno con los Alpes, con la fondue o con los relojes de precisión? La respuesta llegó envuelta en uno de esos razonamientos que solo Eugenio podía construir.
Julio César, en aquella época, usaba unos lentes gruesos, de fondo de botella, producto de una miopía severa. “Parece un relojero de las estadísticas”, soltó Baena. Y cuando le pidieron que explicara, fue más allá: los relojeros, dijo, se ponen una lupa en el ojo para ver las piezas diminutas. Julio César, con sus dos lentes, llevaba “dos lupas, una en cada ojo”. Y si los mejores relojeros eran suizos, la conclusión estaba servida: él también lo era.
No había lógica estricta, pero sí una verdad incuestionable: Baena veía en la gente algo más que su oficio o su apellido. Veía el detalle, la rareza, la esencia que convertía a cada uno en un personaje irrepetible.
Hoy, al recordarlo, esa escena se ilumina como una postal que no se borra. En la cabina no había silencios incómodos, solo risas que nacían de la complicidad y del ingenio. Eugenio Baena fue, como dije en otro escrito, era un “niño grande”, siempre curioso, siempre dispuesto a sorprender.
Y quizás ahí esté el verdadero homenaje: seguir contándolo, repetir sus ocurrencias como si aún estuviera presente, imaginándolo, con sus audífonos y su voz inconfundible, bautizando gentilicios y regalando motes que, como “el Suizo”, se quedaron para siempre.
