Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/ACORD/AIPS
El béisbol en la ciudad de Cartagena debe convertirse en un espectáculo vibrante, en un evento que lleve a la afición al estadio y que promueva el surgimiento de nuevas figuras en el deporte de los bates y las manillas. Sin embargo, seguimos atrapados en la nostalgia idiopática de los años 70 y 80, como si aquellos tiempos gloriosos fueran la única referencia válida. Mientras tanto, el mundo ha avanzado de manera gigantesca en los últimos 30 años, y nuestro béisbol sigue anclado en un pasado que no volverá, empolvados en la inacción.
Para la muestra un botón: la liga de béisbol más antigua de Colombia ni siquiera tiene una página web donde mostrar lo que hace. La gestión de los últimos órganos de administración, incluida la presidencia, ha sido paupérrima, sin una sola acción innovadora que renueve el interés de la afición. Mientras las grandes ligas del mundo implementan estrategias de marketing, tecnología y espectáculo, aquí seguimos dependiendo de una estructura obsoleta que solo produce desmotivación, pareciera que, en Cartagena, nos negamos al cambio y nos ahogamos en la inercia.
Los clubes de béisbol menor han optado por un modelo de supervivencia económica que no mira más allá de su propio beneficio. Su interés se limita a la mensualidad que pagan los padres y a que los niños practiquen el deporte, sin una estrategia global que permita proyectar el futuro del béisbol en la ciudad. De hecho, muchos clubes operan como ruedas sueltas, sin importarles el ordenamiento de la Liga. Para ellos, la existencia o ausencia de la Liga es irrelevante.
El panorama es sombrío. Hay incertidumbre sobre el futuro del béisbol local. Las promesas de quienes aspiraban a renovar la dirección de este deporte están diluyéndose en el aire, sin razones claras. La falta de unión y de liderazgo es evidente, y como dice un viejo proverbio africano: «Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado». Pero aquí cada quien va por su lado, cada quien vela por su interés, y en el camino se diluyen las oportunidades.
Mientras tanto, el talento sigue surgiendo de manera silvestre en una ciudad que, paradójicamente, se ha ido desperfilando dentro de su propio entorno deportivo. En el deporte, los espacios se deben ganar y deben prevalecer. No podemos vivir de glorias pasadas, de fotos amarillentas o de periódicos viejos. El béisbol cartagenero necesita un modelo de dirección completamente diferente, porque el actual es vetusto, anquilosado y huele a naftalina. «Los límites existen sólo en la mente de aquellos que no quieren soñar», dijo una vez Muhammad Ali. Si no soñamos en grande, si no apostamos por el cambio, el béisbol en Cartagena está condenado a ir desapareciendo poco a poco, como espectáculo, porque como deporte seguirá moviéndose, algunas veces por inercia, y otras por la acción de los negocios individuales, a los cuales solo les importa su bolsillo.
