Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/ACORD/AIPS
Durante varios años hemos investigado y denunciado la presencia recurrente de los llamados jugadores colombo-venezolanos en los torneos nacionales de sóftbol. No se trata de cuestionar su nacionalidad, sus derechos ni sus capacidades deportivas. La discusión de fondo es otra: ¿por qué las ligas y la Federación Colombiana de Sóftbol han preferido durante tanto tiempo el camino inmediato de incorporar talento formado en otro país, en lugar de construir procesos sólidos con deportistas nacidos y preparados en Colombia?
Esta práctica ha terminado por desnudar una deuda histórica con el talento local. El deseo de ganar a cualquier costo convirtió lo excepcional en costumbre y el facilismo en política deportiva. Hoy la presencia masiva de jugadores foráneos —algunos con documentación colombiana, pero sin pertenecer realmente a los procesos formativos del país— se ha normalizado hasta el punto de que directivos, entrenadores y deportistas ya casi no se asombran.
Sería injusto desconocer que durante la administración anterior aparecieron algunos destellos importantes. Lanzadores como Roberto Barbosa, Niver Cabrera y Sergio Hernández, junto con otros jóvenes, comenzaron un proceso bajo la orientación del profesor Carlos Caro. Fue un comienzo tardío, pero representó una señal alentadora: sí es posible formar talento en nuestro territorio cuando existen voluntad, acompañamiento técnico y continuidad.
También debe reconocerse que la Federación presidida por el ingeniero Edwin Díaz dejó al sóftbol colombiano bien ubicado en el escalafón internacional. Durante su gestión se organizaron campeonatos mundiales en nuestro país y Colombia ganó presencia en los principales escenarios de este deporte. Esos logros tienen valor y forman parte de una gestión que merece ser reconocida.
Pero una buena posición en el ranking no puede ser el punto de llegada. El verdadero progreso se mide por la capacidad de formar lanzadores, receptores, bateadores y entrenadores colombianos que puedan competir internacionalmente sin depender permanentemente de jugadores desarrollados en otros sistemas deportivos.
También recuerdo aquel video publicado hace algunos años por varios jugadores de Bolívar, encabezados por Nando Villalobos y Roycer Orozco. En él pedían suspender un torneo por la participación de los llamados colombo-venezolanos. La denuncia tuvo eco durante unos días, pero después quedó sepultada por el silencio. Nunca más se pronunciaron con la misma contundencia.
La nueva dirigencia tiene ahora la oportunidad histórica de cambiar el rumbo. No se trata de borrar lo construido ni de perseguir a ningún deportista, sino de establecer reglas claras: límites razonables a los refuerzos, participación obligatoria de jugadores formados en cada liga, campeonatos de desarrollo y un programa nacional para preparar lanzadores desde las categorías menores.
El sóftbol colombiano debe decidir si continuará celebrando victorias inmediatas con talento formado por otros o si comenzará a construir sus propios campeones. Porque mientras no exista una política seria de formación, el problema seguirá intacto y la pregunta seguirá vigente: ¿seguirá el berroche?
Ojalá esta práctica llegue a su fin. Nosotros seguiremos atentos, investigando y defendiendo esta causa, en el legítimo derecho del deportista colombiano a recibir oportunidades, formación y confianza dentro de su propio país. La lucha continúa.

