Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
En los últimos cinco años se han registrado, aproximadamente, diez casos de muerte súbita en los campos de sóftbol.
El reciente caso de un lanzador oriundo de María La Baja que se desplomó en plena cancha, presuntamente a causa de un paro cardiorrespiratorio, no debería convertirse en una noticia más. Debería ser el punto de partida para que las autoridades deportivas, las ligas y los organizadores de torneos dejen de normalizar un problema que viene dando señales desde hace varios años.
Aunque no existe un registro oficial que consolide cuántos jugadores de sóftbol recreativo de adultos mayores han fallecido o sufrido emergencias médicas en Cartagena y Bolívar durante los últimos cinco años, quienes frecuentan los diamantes saben que estos episodios ya no son aislados. La ausencia de estadísticas no significa que el problema no exista; demuestra, además, la necesidad de comenzar a documentarlo con el rigor que merece.
A ello se suma un factor que pocas veces se quiere discutir. En muchos torneos recreativos, el ambiente deportivo termina mezclándose con el consumo de cerveza, whisky y otras bebidas alcohólicas. Incluso, en algunos escenarios han circulado comentarios y denuncias sobre el presunto consumo de sustancias psicoactivas, situaciones que, de comprobarse, representarían un riesgo adicional para deportistas que en su mayoría superan los 50 o 60 años y compiten bajo las inclementes temperaturas del Caribe.
Alcohol, deshidratación, altas temperaturas, esfuerzo físico intenso y posibles enfermedades cardiovasculares preexistentes conforman una combinación que merece toda la atención. La prevención debe comenzar antes del primer lanzamiento y no cuando un jugador ya está tendido sobre la tierra del infield.
Lo más preocupante es que muchos campeonatos continúan disputándose sin ambulancia disponible, sin personal entrenado en reanimación cardiopulmonar (RCP) y sin un desfibrilador externo automático (DEA), elemento que puede resultar determinante ante una emergencia cardíaca.
Es hora de que el sóftbol recreativo evolucione también en materia de seguridad. Así como existen reglamentos para determinar cuándo un corredor está quieto o out, también deberían existir reglas para proteger algo infinitamente más importante: la vida.
Valoraciones médicas periódicas para los jugadores veteranos, hidratación permanente, horarios que eviten las horas de mayor temperatura, personal capacitado para atender emergencias, disponibilidad de DEA y restricciones al consumo de alcohol durante la competencia deberían formar parte de unos protocolos mínimos.
El sóftbol es una tradición profundamente arraigada en Bolívar. Precisamente por eso merece escenarios seguros y organizaciones responsables. La mejor victoria no aparece en el marcador: ocurre cuando termina el último inning y todos pueden regresar sanos y salvos a sus hogares.
Quizás a muchos no les guste lo que estamos diciendo. Quizás resulte incómodo poner el dedo en la llaga. Pero alguien tiene que decirlo. Las autoridades distritales y departamentales deben exigir protocolos de seguridad en estos campeonatos y escenarios deportivos para evitar que se sigan presentando hechos como estos.
No esperemos otra emergencia para reaccionar. No esperemos otro jugador tendido sobre una cancha para preguntarnos qué pudimos haber hecho.
Prevenir también es hacer deporte. Y cuando está en juego la vida, guardar silencio nunca puede ser una opción. Por lo menos nosotros no lo haremos.

