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Del jonrón al gol: la deuda histórica de Colombia con los definidores

Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/AIPS/ACORD

Antes que el talento, los deportes colectivos exigen una verdad impajaritable: los equipos no ganan únicamente porque tengan grandes figuras, sino porque sus especialistas cumplan la función para la que fueron creados. En el fútbol se necesitan goleadores. En el béisbol se necesitan bateadores de poder. Parece una afirmación elemental, pero la historia del deporte colombiano demuestra que, durante décadas, ese ha sido precisamente uno de sus mayores desafíos.

El béisbol y el fútbol son disciplinas completamente distintas. Uno se construye sobre turnos individuales y el otro sobre un juego continuo de once contra once. Sin embargo, ambos comparten una característica decisiva, la cual no hay que desconocer. Hay momentos en los que el partido depende de un hombre capaz de resolver bajo presión. En el béisbol ese jugador debe producir carreras con un batazo oportuno; en el fútbol debe transformar una oportunidad en gol. Esa capacidad suele marcar la diferencia entre ser protagonista o quedarse en el camino. Precisamente lo que le ha pasado a Colombia en este mundial.

Colombia vivió esa realidad durante muchos años en el béisbol internacional. El país contaba con peloteros de buen contacto y condiciones ofensivas, pero cuando llegaban los torneos de mayor nivel aparecía una preocupante sequía de batazos productores. Había corredores en circulación, existían oportunidades para anotar, pero faltaba el cuadrangular, el doble oportuno o el batazo largo que cambiara el rumbo de un encuentro. Ha pasado en los dos últimos Clásicos Mundiales. No era un problema exclusivamente técnico. También existía una desconexión emocional que impedía trasladar al escenario internacional el mismo rendimiento mostrado en las Grandes Ligas.

Ese mismo fenómeno, guardando las proporciones y las diferencias naturales entre ambos deportes, se está viendo en el fútbol colombiano. En este Mundial de 2026, Colombia anotó cinco goles en cuatro partidos, pero el dato merece una lectura más profunda: tres de esos goles llegaron en el debut ante Uzbekistán. Después, en los tres partidos siguientes, la Selección apenas marcó dos tantos: uno ante República Democrática del Congo, otro frente a Ghana y ninguno contra Suiza en los octavos de final, donde terminó eliminada por penales. Es decir, cuando el torneo fue aumentando su exigencia, la producción ofensiva fue disminuyendo.

Allí está el centro del problema. Colombia genera fútbol, tiene jugadores de buen pie, maneja la pelota y crea aproximaciones, pero en los partidos decisivos necesita más contundencia. En el fútbol de alta competencia no basta con jugar bien por momentos, ni con dominar pasajes del partido. Hay que convertir. Hay que tener jugadores que aparezcan en el área y resuelvan, porque los mundiales se definen en detalles mínimos.

La historia ofrece ejemplos claros. Arnoldo Iguarán y Radamel Falcao García fueron goleadores de raza, futbolistas capaces de cargar con la responsabilidad de definir partidos. Pero muchas veces estuvieron demasiado solos. Colombia dependió durante años de una inspiración individual, de un centro al área, de una genialidad o de una aparición aislada. El fútbol moderno ya no permite vivir únicamente de eso.

Así como en el béisbol una novena no puede sobrevivir esperando siempre el batazo del cuarto bate, una selección tampoco puede aspirar a llegar lejos si espera que solo el centrodelantero resuelva todos los partidos. Hoy el gol debe ser una responsabilidad colectiva. Deben marcar los delanteros, los extremos, los mediocampistas que llegan desde atrás y hasta los defensores en la pelota quieta. Los equipos campeones no tienen un solo camino hacia el gol: tienen varios.

El béisbol moderno enseña una lección contundente: no gana siempre el equipo que más nombres tiene, sino el que mejor produce carreras en los momentos claves. El primer bate se embasa, el segundo mueve corredores, el tercero conecta, el cuarto impulsa y el resto de la alineación mantiene viva la presión. En el fútbol ocurre igual: el arquero sostiene, los defensores compiten, los volantes construyen y los atacantes definen. Pero cuando nadie define, todo el esfuerzo colectivo se queda incompleto.

Por eso la comparación entre béisbol y fútbol no busca mezclar dos mundos distintos, sino señalar una misma necesidad competitiva: Colombia debe aprender a producir en los momentos de presión. En el béisbol, todos deben batear cuando el juego lo exige. En el fútbol, todos deben tener vocación de gol cuando el partido se cierra.

El Mundial de 2026 dejó una enseñanza clara: Colombia no puede conformarse con jugar bien, competir con dignidad o generar opciones. Para dar el salto definitivo necesita contundencia. Necesita que sus futbolistas entiendan que el gol no puede ser una responsabilidad solitaria, sino una obligación compartida. En el deporte de alto rendimiento, los campeonatos no los ganan los equipos que más prometen, sino los que aparecen cuando la historia pide carácter, precisión y definición. Equipos con mentalidad ganadora, y eso le hace falta a Colombia.

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