Opinión/Luis Adolfo Payares Altamiranda/ACORD/AIPS
El béisbol profesional colombiano parece condenado a vivir en un eterno invierno administrativo. Mientras las grandes ligas del Caribe afinan motores, fortalecen estructuras y proyectan el futuro, en Colombia seguimos atrapados en la incertidumbre de siempre: llega mayo, casi mitad de año, y alrededor de la Liga Profesional de Béisbol Colombiano reina un silencio preocupante. No hay balances públicos, no hay reuniones visibles de planificación, no existe una hoja de ruta seria que permita pensar en crecimiento, expansión o modernización del espectáculo.
¿hacia dónde va realmente el béisbol profesional colombiano?
Porque el problema no es solamente deportivo. El problema es estructural. Es dirigencial. Es de visión. Mientras países como Venezuela y República Dominicana entienden que el béisbol es industria, identidad y exportación de talento, en Colombia pareciera que seguimos administrando el torneo como un evento temporal y no como un verdadero proyecto de nación deportiva. La diferencia es abismal. Venezuela sostiene una liga sólida con ocho equipos estructurados, fanaticadas consolidadas y funcionamiento permanente. República Dominicana convirtió el béisbol en una maquinaria de desarrollo humano y económico conectada directamente con las Grandes Ligas. Colombia, en cambio, continúa atrapada entre improvisaciones, equipos inestables y temporadas que muchas veces parecen levantarse sobre la marcha.
Hace algunos años Colombia comenzó a exportar peloteros con una frecuencia que generaba esperanza. Surgieron figuras importantes, prospectos cotizados y una sensación de crecimiento que alimentaba el orgullo nacional. Sin embargo, hoy ese flujo parece haberse reducido considerablemente. El país ha dejado de producir en masa jugadores listos para impactar en Grandes Ligas, y eso no ocurre por casualidad ni por falta de talento natural. Ocurre porque el béisbol moderno dejó de ser únicamente intuición y calle. Hoy el desarrollo pasa por infraestructura, ciencia deportiva, análisis biomecánico, tecnología, nutrición, preparación mental y competencia constante. Mientras otras ligas evolucionaron hacia estructuras modernas, Colombia parece haberse quedado atrapada en un modelo artesanal que ya no alcanza para competir internacionalmente.
La realidad es dura: un pelotero no puede desarrollarse jugando apenas algunos meses al año. El béisbol necesita continuidad. Necesita ligas activas, torneos de verano, academias, formación integral y una competencia estable que mantenga vivo el proceso. En su momento Colombia intentó impulsar una Liga de Verano, una idea que podía convertirse en plataforma real de crecimiento, pero terminó desapareciendo sin consolidarse. Murió lentamente, como mueren muchas iniciativas en nuestro deporte: sin respaldo, sin planificación y sin visión de largo plazo.
Mientras tanto, el Caribe sigue avanzando. México fortalece su estructura profesional. Venezuela continúa produciendo talento incluso en medio de profundas crisis económicas y sociales. Dominicana mantiene su reinado como la principal cantera latinoamericana hacia MLB. Y Colombia, teniendo regiones profundamente beisboleras como Bolívar, Córdoba, Sucre y Atlántico, todavía no logra construir una industria sostenible alrededor del deporte.
Aquí pareciera que cada temporada se organiza únicamente para sobrevivir y no para crecer. No existe una narrativa clara de expansión, mercadeo o fortalecimiento institucional. Tampoco se observa una política agresiva para atraer inversión privada, modernizar estadios, fortalecer transmisiones o conectar el torneo con nuevas generaciones. El béisbol colombiano continúa dependiendo más de la pasión espontánea que de una verdadera estructura empresarial y deportiva.
Y cuando una liga deja de planificar el futuro, el deterioro comienza a sentirse lentamente en todas las áreas: baja el nivel competitivo, disminuye la aparición de prospectos, se reduce el interés mediático y el torneo pierde relevancia internacional.
El drama es aún más doloroso porque Colombia sí tiene talento. Lo ha demostrado históricamente. Lo que no ha tenido es continuidad organizacional. Ahí está la gran diferencia con las potencias del Caribe. Mientras otros países convierten el béisbol en un sistema de desarrollo permanente, aquí todavía seguimos discutiendo si habrá temporada, cuántos equipos participarán o quién sostendrá económicamente el torneo.
El béisbol profesional colombiano necesita una revolución estructural. Necesita dirigentes con visión moderna, alianzas internacionales, estabilidad financiera y una comprensión real de que este deporte no puede seguir manejándose como una actividad temporal. El béisbol debe convertirse en industria, en proyecto educativo, en identidad regional y en motor de desarrollo deportivo.
Porque de lo contrario seguiremos viendo cómo otros países producen estrellas mientras Colombia apenas sobrevive entre nostalgias y promesas incumplidas. Y eso, para una nación con tanta historia beisbolera, termina siendo una derrota mucho más dolorosa que cualquier marcador en el terreno de juego.
