Análisis/VISIONDELDEPORTE.COM
Los Boston Red Sox parecen haber caído en una trampa moderna que ha destruido a más de una organización deportiva: cuando la oficina principal quiere ser más protagonista que el equipo. En las franquicias grandes, la atención debe estar en las victorias, en las figuras del terreno y en octubre. Cuando el foco se traslada al gerente general, a conflictos internos y a decisiones polémicas, algo no está funcionando.
La gestión de Craig Breslow ha estado marcada precisamente por eso. Desde su llegada, la sensación no ha sido la de una reconstrucción silenciosa y estratégica, sino la de una administración empeñada en dejar huella a toda costa, incluso si para ello debía romper estructuras que durante años sostuvieron una cultura ganadora. Revisar procesos no es pecado; llegar desconfiando de todo sí puede serlo.
Boston no es una franquicia cualquiera. Es una de las organizaciones más poderosas de la Major League Baseball, campeona en 2004, 2007, 2013 y 2018. Pero desde aquel último título, el club entró en una espiral de inconsistencia impropia de su tamaño. En 2022 terminó con 78 victorias y 84 derrotas. En 2023 repitió exactamente el mismo récord. En 2024 apenas mostró una mejora modesta. Para un mercado como Boston, eso no es competitividad: es mediocridad maquillada.
La llamada auditoría interna que impulsó Breslow pudo tener sentido empresarial, pero en béisbol las organizaciones no se sostienen únicamente con hojas de cálculo. Detrás de cada equipo exitoso hay gente que conoce la cultura del club, rutinas invisibles, relaciones humanas, confianza en el clubhouse y experiencia acumulada. Despedir personal operativo y administrativo quizá no genera titulares nacionales, pero sí erosiona la estructura emocional de una institución.
Luego apareció el caso de Rafael Devers, que terminó convirtiéndose en símbolo del choque entre talento y gerencia. Cuando una estrella cuestiona la falta de inversión competitiva, no siempre está generando ruido; muchas veces está diciendo lo que el fanático piensa. Boston venía de temporadas decepcionantes y Devers reclamaba ambición. En lugar de apagar el incendio con liderazgo, la relación se fue deteriorando entre versiones cruzadas, incomodidades posicionales y un desgaste innecesario.
Una organización poderosa protege a sus figuras, dialoga con ellas y las convierte en parte del proyecto. Cuando una estrella sale en medio de conflicto, no solo pierdes producción ofensiva: envías un mensaje al resto de la liga. Los agentes libres observan. Los jugadores también. Nadie quiere llegar a una casa donde la comunicación interna parece una batalla.
Pero hubo una escena que terminó de revelar que algo profundo estaba roto. El día en que Alex Cora permitió que los Milwaukee Brewers castigaran sin misericordia a Garrett Crochet —considerado entonces candidato al Cy Young— muchos entendieron que la brújula interna se había extraviado. Un dirigente puede perder juegos; eso pasa. Lo que no puede perder es la lectura del momento. Cuando un as está siendo masacrado y no se reacciona a tiempo, lo que se transmite al dugout es desconexión, resignación o peor aún, indiferencia. Y esos mensajes destruyen más que una derrota.
Después llegaron movimientos que dejan más preguntas que certezas. Cambiar prospectos por lanzadores de rendimiento irregular o por apuestas médicas puede justificarse en un equipo que está a una pieza de competir por la Serie Mundial. Pero Boston no transmite eso. Da la impresión de vivir entre dos caminos sin decidirse por ninguno: ni reconstruye del todo ni compite del todo. Y esa ambigüedad es una condena en MLB.
Mientras otras potencias entienden que el bullpen define campeonatos, Boston parece acumular piezas redundantes en los jardines y vacíos en el relevo. En el béisbol moderno, los juegos grandes se cierran con profundidad de pitcheo, no con exceso de outfielders. Los campeones recientes lo entendieron mejor que nadie. Houston Astros, Texas Rangers y Los Angeles Dodgers han invertido fuerte en brazos, estructura y profundidad.
La salida de Alex Cora y la remoción de miembros reconocidos del staff también proyectan otra señal delicada: nadie parece intocable, nadie representa continuidad, todo puede cambiar de un día para otro. A veces eso luce firmeza; otras veces luce ansiedad institucional.
Y ese puede ser el gran problema de Boston hoy: dejó de parecer Boston. Una franquicia con dinero, historia, fanaticada global y atractivo natural no debería vivir justificando procesos eternos. Debería estar peleando divisiones, firmando impacto y jugando en octubre con frecuencia.
Craig Breslow puede tener ideas modernas, modelos predictivos impecables y una visión financiera clara. Pero el béisbol no se gana en presentaciones ejecutivas. Se gana con talento, liderazgo, coherencia y urgencia competitiva.
Fenway Park no vibra por auditorías. Vibra por banderines. Y mientras la gerencia no lo entienda, los Red Sox seguirán siendo noticia, por sus derrotas y sus desaciertos.
