Por Luis Adolfo Payares ACORD/AIPS
Las épocas en que los equipos utilizaban la planta de personal de las grandes empresas, se establecía un intercambio, trabajo versus competencia, eso cambió hace rato…
Hay momentos en el deporte en los que la autocrítica no solo es necesaria, sino urgente. Después de escuchar la entrevista realizada por el scout de los Atléticos en Colombia, Tito Quintero Milanés, lo que queda en evidencia no admite maquillajes: el béisbol colombiano está rezagado frente a las exigencias del contexto internacional, especialmente cuando se trata de competir en un escenario de alto rendimiento como el Clásico Mundial.
Y no se trata de una percepción emocional o de una reacción coyuntural. Es un diagnóstico estructural. Mientras selecciones como Venezuela exhiben procesos de trabajo que superan los 10 meses de planificación, con más de 40 reuniones técnicas, análisis de más de 100 peloteros y un engranaje entre scouting, analítica y dirección deportiva, Colombia sigue operando bajo esquemas improvisados, donde el talento intenta suplir lo que la dirigencia no construye.
El talento existe. Eso no está en discusión. Colombia produce peloteros con condiciones naturales, con herramientas físicas y con hambre competitiva. Pero el béisbol moderno no se gana solo con talento. Se gana con método, con estructura, con ciencia aplicada al juego. Y ahí es donde estamos fallando de manera preocupante, en la planificación.
La palabra clave —y hay que decirla en letras mayúsculas — es PLANIFICACIÓN.
Planificación no es hacer una convocatoria semanas antes de un torneo. No es armar un roster por nombres o por reputación. Planificación es identificar talento durante todo el ciclo olímpico, es construir bases de datos, es evaluar rendimiento en diferentes ligas, es tener listas A, B y C, es anticiparse a las bajas, es trabajar el componente psicológico del atleta y preparar escenarios de competencia con precisión quirúrgica.
Lo que vimos en este Clásico Mundial fue una selección colombiana con destellos individuales, sí, pero sin cohesión colectiva ni preparación integral. Dos o tres jugadores marcaron diferencia, mientras el resto evidenció falta de ritmo, adaptación y lectura del juego. Y eso no es responsabilidad del pelotero. El atleta responde a lo que el sistema le da. Y hoy, el sistema colombiano es insuficiente.
Se está llevando a muchos jugadores como “carne de cañón” a competir en el más alto nivel sin haber pasado por un proceso serio de preparación. Sin herramientas analíticas, sin trabajo situacional profundo, sin un plan claro de juego. Y en el béisbol moderno, eso se paga caro.
Mientras otros países construyen cultura ganadora desde el detalle —desde la charla motivacional hasta el posicionamiento defensivo basado en data—, Colombia sigue atrapada en una dirigencia que, en muchos casos, no dimensiona la magnitud del reto internacional. Una dirigencia que se conforma con participar, cuando el verdadero objetivo debería ser competir y trascender.
Aquí no hay espacio para egos ni para zonas de confort. El béisbol colombiano necesita un punto de quiebre. Un alto en el camino. Una revisión profunda de su modelo deportivo.
Porque si no se corrige el rumbo, lo que viene no es estancamiento… es retroceso.
Y el béisbol, un deporte que exige precisión, inteligencia y visión a largo plazo, no perdona la improvisación.
El mensaje es claro: o se construye un sistema basado en planificación real, o Colombia seguirá viendo los Clásicos Mundiales desde la distancia competitiva, participando para satisfacer el conocimiento turístico de sus dirigentes, mientras otros países convierten el método y la planificación en medallas y en campeonatos.
