Cartagena siempre ha sido tierra de talento. Eso no lo discute nadie. Desde niños que juegan con pelota de caucho y ya tienen swing de grandes ligas, hasta lanzadores que sin gimnasio tiran rectas de verdad, de hasta 90 millas por hora. Aquí el talento aparece solo, como el viento pesado y caliente del medio día. Pero esa misma facilidad es, justamente, nuestro mayor problema: nos acostumbramos a creer que el talento alcanza por sí solo, no señor una equivocación que nos ha costado mucho.

En 1976, cuando se jugó en Cartagena el Campeonato Mundial de Béisbol Amateur, esa idea quedó al desnudo. Japón vino dirigido por Mayasuki Furuta, un hombre serio, metódico, retirado del ejército. No trajo estrellas. Trajo bomberos de Osaka. Sí, bomberos: hombres comunes, que por la mañana apagaban incendios y por la tarde jugaban un béisbol impecable. Lo que marcó la diferencia no fue el físico, ni la técnica, ni la fama. Fue algo más simple: disciplina, una palabra que sigue ausente en nuestro béisbol. Peloteros que antes de un partido, se dedican a la francachela, a los tragos y a cosas que no se pueden decir.

Los periodistas de esa época todavía lo recuerdan: mientras los demás equipos llegaban a la hora de la práctica, los japoneses ya estaban sudados. Y cuando el partido terminaba, mientras todos se iban a descansar, ellos se quedaban en el terreno. Corregían cada jugada, repasaban cada movimiento. No había descanso si había algo por mejorar. Para ellos, el juego nunca terminaba con el último out. Por eso no me sorprendí cuando Oshinobu Yamamoto, en el segundo juego de la Serie Mundial acudió a la vieja escuela japonesa: anotarlo todo en una hoja de papel.

Furuta siempre llevaba una libreta y un cronómetro. Tomaba notas como quien desarma una máquina pieza por pieza. Su frase, repetida como principio de vida, lo decía todo:
“Talento sin disciplina es un insulto para Dios.”

Esa frase debería estar colgada en todos los estadios del Cartagena.

Porque aquí, lo sabemos, el talento sobra, pero la disciplina casi nunca lo acompaña. ¿Cuántos peloteros brillantes no se quedaron a mitad de camino…? Cuántos con condiciones para llegar lejos no pasaron del barrio porque no quisieron levantarse temprano, o porque la parranda, la esquina y la comodidad pesaron más que el trabajo silencioso.

El jonrón de Masami Fujimura es la escena que muy pocos recuerdan. Aquella pelota salió del 11 de noviembre y fue a caer hacia el antiguo Liceo de Bolívar. Un batazo descomunal. Sí. Pero ese jonrón no fue solo fuerza. Fue el resultado de miles de repeticiones que nadie vio, de prácticas cuando ya no había público, de rutina, constancia y respeto por el oficio. Y pensar que Fujimura era un pelotero normal, aficionado, pero que su disciplina marcó la diferencia, convirtiéndose en jonronero, más por su disciplina que por su talento. Nunca jugó como profesional, siguió como bombero hasta pensionarse y morir en el año 2007.

Y ahí está la reflexión que, casi 50 años después, seguimos sin atender:
el talento puede abrir la puerta, pero solo la disciplina te deja entrar.

Cartagena no está corta de peloteros buenos. Está corta de procesos. Está corta de exigencia. Está corta de continuidad. El problema no es lo que tenemos; es lo que dejamos perder. Y eso es lo que duele.

Mientras sigamos celebrando únicamente la chispa, el “don natural”, el “este pelao tiene futuro”, sin enseñarle a ese pelao cómo sostener ese futuro, seguiremos repitiendo la misma historia: grandes promesas que se apagan antes de brillar.