Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/ACORD/AIPS
Cuando se pierde lo que se llama en mercadeo deportivo «LA INCERTIDUMBRE DEL MARCADOR», se pierde mucho espacio en la mente del consumidor del béisbol. La gente dice: «Para qué ir al estadio si el campeón siempre es CAIMANES».
Uno de los grandes problemas del béisbol profesional colombiano no está solamente en el mercadeo. Está mucho antes: en el producto que se pretende vender.
No podemos seguir justificando el enorme desequilibrio entre los equipos bajo el sofisma de que “el que tiene la plata contrata a los mejores porque esto es béisbol profesional”. Precisamente porque es profesional debería entenderse un principio elemental de la economía del deporte: sin equilibrio competitivo se pierde la incertidumbre del resultado, y sin incertidumbre disminuye el interés del espectáculo.
El aficionado paga una entrada porque quiere emociones, rivalidad y, especialmente, porque no sabe quién va a ganar. Cuando desde antes de comenzar el torneo existe la percepción de que un equipo tiene una nómina ampliamente superior y prácticamente se anticipa quién estará en la final, el campeonato pierde valor como producto. Y ahí aparece la gran contradicción: después queremos llenar los estadios.
El mercadeo no hace milagros. Se puede invertir en publicidad, redes sociales, transmisiones y promociones, pero primero debe existir un producto atractivo que vender.
Además, un campeonato profesional no puede comunicarse una o dos semanas antes de comenzar. Durante prácticamente todo el año poco se sabe de lo que hacen sus dirigentes, de la planificación del torneo, de sus novedades o de su estrategia para atraer nuevos aficionados. Eso no es comunicación estratégica; es simplemente anunciar que habrá campeonato cuando el campeonato ya está encima.
La construcción de marca debe hacerse durante todo el año: presentar jugadores, contar historias, generar rivalidades, promocionar prospectos, acercar los clubes a los barrios y colegios, producir contenido y crear expectativa. El torneo debe comenzar en la mente del aficionado mucho antes del primer lanzamiento.
Por eso da tristeza observar el estadio Edgar Rentería con grandes espacios vacíos durante numerosos partidos y verlo lleno principalmente cuando llega la final. Las tribunas vacías también hablan: son un indicador de que algo está fallando en el producto, en la experiencia o en la conexión con el público.
A esto debemos agregar otro tema recurrente: ¿Dónde queda el pelotero colombiano?
Los extranjeros pueden elevar el nivel del campeonato y siempre serán importantes. El problema surge cuando su contratación termina desplazando masivamente al talento local. Una liga colombiana también debería servir para mostrar al joven de Cartagena, Barranquilla, Montería, Sincelejo o cualquier región que viene creciendo y necesita una vitrina profesional.
Ese muchacho también es producto. También genera identidad. También puede llevar gente al estadio.
El béisbol profesional colombiano tiene historia, escenarios, talento y tradición. Lo que necesita es estructurar mejor su campeonato: mayor equilibrio competitivo, más oportunidades para nuestros jugadores y una estrategia de comunicación y mercadeo permanente.
Porque hay una máxima que sus dirigentes deberían tener presente: primero se construye el producto y después se vende.
Si el campeonato es predecible, se promociona tarde y pierde conexión con el talento de su propia tierra, podemos hacer toda la publicidad que queramos. Aquí llega otra pregunta que se hace el aficionado: ¿Las directivas les interesa que los jugadores se desarrollen para que haya más Grandes Ligas, o para qué..?
Nuestro espejo deben ser las Ligas del Caribe, como las de Venezuela o de República Dominicana, que iniciaron hace mucho tiempo, pero teniendo en cuenta al talento local. La dinámica es sencilla señores de la DIPROBÉISBOL, el talento local es primero.
El problema seguirá siendo el mismo: no es cómo estamos vendiendo el béisbol; es qué béisbol estamos intentando vender.

