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NUNCA ANTES HUBO CUATRO GRANDES LIGAS EN UN TORNEO DEPARTAMENTAL

Hay una enfermedad que suele aparecer cuando la nostalgia se convierte en argumento: creer que todo tiempo pasado fue mejor.

En términos clínicos existe la perseveración, entendida como la tendencia a mantener o repetir persistentemente una respuesta, una idea o un patrón de pensamiento aun cuando las circunstancias han cambiado. Y algo parecido parece ocurrirles a algunos nostálgicos del béisbol cartagenero, que continúan gritando a los cuatro vientos que “el béisbol de antes era mejor”.

Quizás tengan razones para extrañar aquellas épocas. Nadie puede borrar la historia. Cartagena y Bolívar han sido durante décadas una de las grandes canteras del béisbol colombiano. Aquí se aprendió a batear en calles polvorientas, se improvisaron diamantes en los barrios y surgieron peloteros que terminaron vistiendo la camiseta de Colombia y llegando al béisbol profesional.

Pero una cosa es respetar la historia y otra muy distinta es quedarse viviendo dentro de ella.

Los tiempos cambiaron. El béisbol cambió. Los jugadores cambiaron. La preparación física cambió. La tecnología cambió. La manera de consumir deporte cambió. Y, sobre todo, los medios de comunicación cambiaron.

Ya el béisbol no se escucha únicamente alrededor de un radio colocado en la sala de una casa. Aquella imagen pertenece a una época entrañable, pero diferente. Hoy un muchacho sigue un partido desde un teléfono celular, mira estadísticas en tiempo real, comparte una jugada por WhatsApp, observa una transmisión por Facebook, YouTube o cualquier plataforma digital y comenta el juego mientras ocurre.

La radio no desapareció, pero dejó de tener el monopolio de la emoción deportiva. Y mientras algunos continúan mirando permanentemente hacia el retrovisor, el béisbol de Bolívar está produciendo un hecho que merece ser observado con mayor amplitud: nunca antes un torneo departamental había reunido cuatro peloteros con experiencia en las Grandes Ligas.

Eso habla de una generación distinta, de otra dimensión competitiva y de la posibilidad extraordinaria de que nuestros jóvenes compartan terreno, dogout y experiencias con hombres que conocieron el máximo nivel del béisbol mundial.

¿Que antes los estadios se llenaban más? Puede ser.

¿Que existían rivalidades inolvidables? Por supuesto.

¿Que hubo generaciones extraordinarias? Nadie sensato podría negarlo.

Pero utilizar esas verdades para descalificar automáticamente el presente es convertir la nostalgia en una venda sobre los ojos. El pasado merece respeto, no idolatría.

Porque el béisbol no puede administrarse mirando permanentemente fotografías amarillentas. Tampoco puede comunicarse como se comunicaba hace cuarenta o cincuenta años. Pretender que las nuevas generaciones consuman deporte exactamente como lo hicieron nuestros padres y abuelos sería desconocer una transformación tecnológica y cultural irreversible.

Hoy el estadio también cabe dentro de una pantalla de seis pulgadas.

Hoy una transmisión puede atravesar Cartagena, llegar a Bogotá, Miami, Nueva York o cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos.

Hoy un cuadrangular puede hacerse viral antes de que el bateador termine de recorrer las bases.

Ese también es béisbol. Esa también es afición. Esa también es evolución. Cartagena y Bolívar continúan siendo cantera. El talento sigue apareciendo en nuestros barrios y municipios. Lo que cambió fue el escenario alrededor del pelotero.

Por eso resulta contradictorio que mientras cuatro hombres que conocieron las Grandes Ligas participan de nuestro béisbol departamental, algunos prefieran ignorar semejante acontecimiento para seguir repitiendo, como disco rayado, que antes todo era mejor. El béisbol de antes fue extraordinario. Pero era el béisbol de antes. Nuestro deber no es enterrarnos en sus recuerdos, sino construir el béisbol que viene.

Porque quien solamente mira hacia atrás termina cometiendo el peor error que puede cometer un bateador: dejar pasar, mirando, la pelota que tenía que conectar.

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